Lecturas de parte

Decía Baudolino, el aventurero de Umberto Eco, que “no hay nada como imaginar otros mundos para olvidar lo doloroso que es el mundo en el que vivimos”. Y de proyecciones sobre aventuras fingidas y mensajes pirómanos nos llevan mortificando hasta la saciedad esa suerte de representantes del cambalache ideológico que nos ha tocado sufrir en el ámbito de lo público de este país. Olvidamos pronto las penurias y los confinamientos que nos llevaron a esta crisis mundial que ha hecho tambalear tantos futuros y que, como a Baudolino, nos impelieron a desatender la fragilidad de esa existencia universal que siempre queda en miniatura cuando el cosmos de la pura realidad azota nuestro día a día. Y si los oriundos de este planeta hemos pasado página entre terrazas veraniegas y fiestas entre amigos, la clase política también ha desconfinado sus ansias revanchistas para no perder ni un solo minuto y declarar esa guerra, más retórica que dialéctica, tan embarrada de los reproches de siempre.

Bien está eso de hacer seguimiento celoso a quienes tienen el deber de administrar. Si la oposición no hiciera crítica de lo que hace el gobierno de turno, nos dejaría paticojos del debate necesario a la ciudadanía, única destinataria para elaborar las opiniones diversas y hasta contradictorias desde un mismo escenario. Pero también es necesaria la rendición de cuentas de todos aquellos que con sus decisiones y actitudes pueden marcar pautas de conducta ajenas a la esencia básica de nuestra convivencia diaria, el respeto, y que en estos tiempos sabe más a espinas que incluso se revuelven contra la percepción que cada uno tenemos de nosotros mismos. Sin embargo, ese equilibrio tan facilón en la ponderación de responsabilidades se torna, en este país, brutalmente corrosivo, erosionando la sensatez democrática que tantas veces hemos defendido y que ahora parece ensuciarse con la vejez de tiempos impropios. 

Algo de conspiranoico tiene el origen de muchos desaciertos de nuestra historia. Antes se jugaba con los rumores, y aunque ahora lo bautizamos con esa evolución universal de bulos o fakes, la nebulosa desinformativa sigue abanderando ese blasón para confrontar a las masas en las que nos quieren convertir algunos. En la aventura de cada etapa, siempre encontramos ese romanticismo utópico que ayuda a mitigar las penas que nos acompañan gracias a imaginar otros mundos, otros formatos, otras ideas que nos dejen volar hacia un nuevo estadio donde volver a sonreír ante el espejo de esa dimensión subjetiva de la política, tan poco estudiada y aplicada en este tiempo nuestro.

Es razonable pensar que quien gobierna sabe de sus defectos desde el principio y, por ello, la humildad debería regir, como virtud, todas sus actuaciones. Tomar decisiones no es fácil, y menos en tempestades como las que sufrimos. Tampoco deberíamos darle aliento a quienes reproducen viejos clichés aderezados con el insulto facilón de taberna. Poco nos pasa cuando alentamos el enfrentamiento con soflamas barriobajeras desde púlpitos prestados que son de todos los ciudadanos. De esos lodos solamente obtendremos esa absurda teoría comunicativa del y tú más, tan arraigada en estas últimas décadas.

Y mientras unos y otros nos embelesan con los cantos de sirena imaginarios, en tierra continúa la dolorosa incertidumbre de quienes pierden su trabajo o con la desesperanza cabizbaja en una de tantas colas del hambre.

Todos podremos olvidar, como siempre, lo peor de nuestra vida, pero el jirón social que suframos no debería ser excusa para seguir obteniendo rédito político de mil y una batallas judiciales. 

De todo esto, nos guste o no, al final seremos cada uno de nosotros responsables. Un compromiso que lidia con la obligación de sabernos informados, de escuchar todos los argumentos y descifrar demasiadas frases hechas. Mucho más cuando, desde esa obligación, seremos los garantes de seguir manteniendo esta estructura que nos gobierna desde la libertad y el respeto. Será la única manera de protegernos, una vez más, de ínfulas abaratadas de odios que nos despeñen desde la intolerancia engreída. No sé si al final tendremos que recordar las palabras de Unamuno cuando decía que “cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee”. Y ciertamente, quien solo lee aquello que sustenta sus propias convicciones, queda cojo del análisis de las convicciones de los demás. Y de eso, desgraciadamente, sabemos mucho por estos lares.

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