En nombre de la intolerancia

Los seres humanos somos así, capaces de lidiar cualquier batalla imposible y, en el momento crucial, quedarnos apampanados mirando una mosca. Será esa complicada dualidad entre la materia y el espírtu la que nos aferra a una estirpe difícil en su tarea de supervivencia. Algo así nos está pasando en estos días y noches que nos alejan de ese confinamiento que ya tiene lugar y tiempo en nuestro mundanal diccionario. Porque ahí estamos, terminando la incansable lista de contagiados y fallecidos aún, y ya estamos apresurándonos en buscar el zumbido chirriante de la mosca impertinente de turno para quedarnos con la vista embobada en el éter político que nos rodea. Mucho ruido para estos tiempos que formarán parte de un punto y aparte de nuestra civilización. Nada volverá a ser lo mismo como tantas veces ha pasado en cualquier ciclo de la historia. Precisamente los poderes de unos y otros, esos que siempre están sobrevolando por encima de nuestras cabezas, saben de esta certeza inevitable que comienza a pasear con cada uno de nosotros hacia un futuro que, más que nunca, viaja disimuladamente de tapadillo a la espera de elegir a quién o a quiénes les pondrá la zancadilla.

Y así, sin saber muy bien como empezó todo, nos vemos contagiados de algo  más que de un virus. La infectación retuerce muchos de los honores que nos gratificaron en un pasado demasiado cercano para llenarlos ahora de despropósitos colectivos que pueden dejar herida de muerte la eterna tolerancia, tan necesaria para conseguir esa ansiada paz social que, eso sí, todos pregonan, pero no todos ejercen. Mientras tanto, y a pesar de todo lo que acompaña a nuestros pasos, seguimos dirigiendo nuestra mirada a la multitud de dedos que señalan cada día ese ronroneo de lo bueno y lo malo, de la verdad y la mentira. Decía el periodista y escritor Ryszard Kapuściński que “si entre las muchas verdades eliges una sola y la persigues ciegamente, ella se convertirá en falsedad, y tú en un fanático.” Una frase lapidaria para cualquier oportunismo político y una detonación sobre los puentes que abrigan la diversidad de ideas tan humanamente variadas sobre nuestra realidad. Una nueva ocasión pintada por algunos, aunque al final la sufriremos todos. Ya se sabe que de tanto intento de papar moscas al vuelo, al final siempre pisaremos, irremisiblemente, el estercolero de nuestros olvidos.

Lo más dramático de este presente ingrato es que el zumbido diario que nos vomitan de un lado y otro, cegará, una vez más, las oportunidades que siempre surgen de las grandes desdichas. Será que nuestro país siempre amarra muy bien las batallas sobre el tablero pero luego las pierde entre las desidiosas trincheras de todos contra todos. Tanto es así que el estimable periodista polaco algo tuvo que beber como poeta de nuestro querido Machado cuando invitaba a buscar la verdad y aparcar tantas individuales. A lo mejor es que siempre intentamos descubrir verdades envesadas para seguir esperando que sople un viento a favor en el lugar exacto en donde cada cual ha izado su particular vela sin la ponderación necesaria.

Mucho hemos perdido en estos meses. Nuestra salud, el trabajo, la libertad de nuestros movimientos, pero, especialmente, nuestros muertos. Demasiado quebranto para seguir rastreando a oportunistas que siguen señalando con el dedo, sin darnos cuenta  que a  nuestro lado escapa de soslayo la oportunidad de un  nuevo tiempo.

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