Trabas al turismo

                Más que perplejidad han causado  las consideraciones en sede parlamentaria del ministro Alberto Garzón sobre el turismo. A juicio del titular de Consumo, nuestro país se habría especializado en sectores de bajo valor añadido, estacionales y precarios, como el propio turismo, la hostelería, la exportación de productos poco manufacturados y otros.

A las puertas de la gran temporada vacacional, tales valoraciones  indignaron a las patronales  e inquietaron todavía más a los trabajadores.  Dicho, además,  así  por un titulado universitario, máster en Economía aplicada, llevó a pensar a más de uno que en el mejor de los casos el estudiante Garzón Espinosa debió de pasar raspada la asignatura donde se estudia la importancia y peso de cada sector en la economía española.

Y es que de acuerdo con el INE,  el turismo supone un 12,3 por ciento de la economía española; en 2019, cerca de 150.000 millones de euros. Ningún otro sector aportó tanto valor a la riqueza nacional. El pasado año fue el último de una larga serie de crecimiento iniciada en 2012, especialmente intenso a partir de 2013, con el inicio de la recuperación de la confianza en nuestra economía. En aquel entonces el peso del turismo era dos puntos inferior a lo que es hoy.

En la misma línea y de acuerdo con el informe bianual que sobre competitividad turística elabora el Word Economic Forum (Foro de Davos), en 2011 España ocupaba el puesto número ocho; en 2013, el cuatro, y desde entonces, en los informes de 2015, 2017 y 2019 ha sido el número uno mundial.

Habida cuenta de sus múltiples e importantes repercusiones, en el turismo de masas  cierto es que no es oro todo lo que reluce. No hace falta ser gurú de nada para así concluirlo. Como ponía de relieve el estos días recordado  informe del departamento de Asuntos económicos y europeos de  CEOE  (enero 2017), el sector tiene sus fortalezas y oportunidades, pero también sus debilidades y amenazas que cumple no obviar.

Y habrá que apostar, sí,  por sectores de alto valor añadido, especializados en productos tecnológicos que permitan mejores salarios y condiciones económicas; en definitiva, estructuras productivas mucho más desarrolladas, como el propio ministro Garzón puso de relieve en la sesión parlamentaria mencionada.

Lo que sucede es que unas y otras vertientes no son excluyentes, sino complementarias y que, por tanto, no procede minusvalorar a unas para ensalzar a otras. Ya se sabe, sin embargo,  que nuestra izquierda hoy gobernante es muy amiga de los dilemas o disyuntivas: o yo o el caos; o estado de alarma o más muertos; o políticas públicas o corrupción privada.

Por si fuera poco, el Gobierno se ha despachado con el anuncio de poner en cuarentena a los turistas foráneos que vengan a España; esto es, obligarles a estar metidos en la habitación de un hotel los catorce/quince días que anden entre nosotros y, luego, vuelta a casa. Un sinsentido que hasta la propia Comisión Europea ha objetado, como no podía ser de otra forma.

A estas alturas y si la situación epidemiológica de los países vecinos es similar, tales las cuarentenas forzosas –apunta Bruselas- no sólo no son la mejor solución, sino que no resultan una buena solución. Sea como fuere, con la desconfianza generada allende nuestras fronteras por el anuncio gubernamental, el daño ya está hecho.

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