Un cambio de ritmo

Tengo la impresión de que la pandemia que estamos padeciendo va a tener cosas positivas también, como venimos señalando. Al margen de la parte económica que sufre un tremendo golpe, lo positivo atañe a las esencias mismas de la humanidad. Una manera distinta de valorar las situaciones personales, sociales y políticas. Un cambio de la cultura del tener a la del ser. Y lo que está ocurriendo con el petróleo con su baja en el precio es todo un síntoma a tener en cuenta. Se consume menos combustible porque nuestros desplazamientos son mínimos y muy cortos. Es otro ritmo el que se está introduciendo en la sociedad y lo van a pagar muy caro la hostelería, los comercios y todos aquellos lugares que eran un exponente de la velocidad de vértigo que impusimos durante décadas a nuestra actividad. 

Recuerdo una vez que fui a Madrid con un grupo de portugueses, que al pasar por la calle Preciados, la Gran Vía o la Puerta del Sol, uno me preguntó si aquellos grupos estaban participando en una manifestación. Les dije que aquello era normal porque en España la gente utiliza las calles para pasear e incluso divertirse, cuando en Portugal los lugares de concentración se encuentran principalmente en los centros comerciales.

Porque esa es otra. La “cultura” de los centros comerciales se ha ido imponiendo dando un duro golpe a los pequeños establecimientos que siempre menudearon en todos los barrios. Centros mastodónticos en los que se puede encontrar de todo y en los cuales prima el marketing en la misma colocación de sus productos.

Y nada digamos en los aeropuertos. Increíblemente para moverte de una terminal a otra e incluso para dirigirte a recoger el equipaje necesariamente hemos de pasar por un interminable Free Shop, una hilera de comercios de todo tipo con el señuelo de que allí es más barato porque es un lugar libre de costes aduaneros.

Es todo un cúmulo de realidades que en esta cuarentena pueden hacernos reflexionar si es el camino cierto y más positivo para la ciudadanía. El mundo ha ido cambiando de manera vertiginosa para la cultura del tener, comprar, haciéndonos compulsivos en este terreno. Y en los mismos centros comerciales uno va a comprar una lechuga y acaba con el carrito de la compra lleno de un montón de cosas por mucho que llevemos la lista de la compra.

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