Letras Galegas:Alumnos de Carvalho Calero en Lugo y Santiago recuerdan su paso por las aulas del docente

‘Don Ricardo’ fue más que un maestro para los niños y jóvenes que pasaron por sus aulas en el Colegio Fingoi de Lugo o la Universidad de Santiago. El rostro serio y severo de Carvalho Calero escondía, tras de sí, la calidez de un hombre muy humano y un pozo de sabiduría que consiguió despertar en decenas de personas la alegría y el amor por la cultura en un periodo tan oscuro como la dictadura.

El intelectual ferrolano, autodeclarado ‘hijo del cometa Halley’, entró a Fingoi en los 50 en un momento muy difícil de su vida, tras ser represaliado y encarcelado por el Franquismo. El empresario Antonio Fernández López apostó por él para sacar adelante un modelo educativo diferente, un colegio mixto que quería darle una oportunidad a los niños del rural y enseñarles a pensar por sí mismos.

La directora del centro, Asunción Fernández (o ‘Siña’, como la llaman sus conocidos), fue una de estas niñas y también la encargada de recoger el testigo de un maestro «excelente», un hombre «sabio» y serio cuya pedagogía iba mucho más allá del «profesor dice alumno repite» y que no dudaba en emocionarse recitando, cantando y riéndose con sus estudiantes.

‘Don Ricardo’ vivía en el mismo centro, donde ejercía permanentemente de docente y director, aunque no de manera oficial. «Estaba todo el día en el colegio, en el comedor comía con nosotros, en el patio y también cuando teníamos la hora de estudio, porque no estaba permitido llevar nada a casa. Controlaba todo eso», recuerda Asunción, en una entrevista con Europa Press.

AMAR LO PROPIO

La docencia de Carvalho Calero no se limitaba al mero conocimiento, que aplicaba de un modo «estricto» y «exigente»: trabajaba con el contexto, recitaba poemas y cultivaba la creatividad del alumnado con sus propios escritos, algunos de ellos premiados en los Xogos Florais e Minervais. «Hay gente que sabe muchísimo de todo y no llega a transmitir. Y él, a pesar de ser un hombre muy recto, muy serio, era capaz de todas esas cosas», insiste la docente.

La escritora Carmen Blanco, entonces una niña, ha asegurado que sus clases eran «mucho más que la materia que impartía». «Nos enseñaba a hablar, a recitar, a pensar, a imaginar, a tener criterio». La autora recuerda la principal lección de ‘Don Ricardo’: «el amor a lo propio, a lo que tenías más cerca, sin prejuicios».

Varios de sus alumnos pertenecían a familias «represaliadas» y de mentalidad progresista, recuerda. Blanco ya era consciente entonces de la persona «importante» que encarnaba su profesor por las historias que le había contado su familia.

Carvalho sabía ver lo «especial» en cada uno de sus alumnos, mostrándoles la belleza de la poesía y del mundo que les rodeaba. Era un profesor «exigente y duro», insiste Blanco, que enseñaba la «importancia del esfuerzo», pero que «podía ser muy divertido», comprensivo y animaba a los pequeños a jugar, «a buscar tréboles de cuatro hojas».

«Tenía un gran sentido del humor. Cuando nos intentábamos poemas, con algunos lloraba de la risa», rememora una alegre Asunción Fernández.

RELACIÓN CON EL MUNDO

El ferrolano sabía relacionar todo lo que impartía «con lo que pasaba en cada momento», con la geografía o la música. «Le gustaba mucho cantar, siempre nos enseñaba algunas canciones, algunas de ellas gallegas, y se emocionaba muchísimo», destaca Fernández.

Cada fin de curso, los escolares interpretaban obras teatrales dirigidas por él, aprovechando este medio para «desarrollar grandes capacidades», la dicción y la entonación, siempre pendiente de la corrección del habla.

También acompañaba a los niños en viajes de estudios, con salidas por el entorno, cultivando el conocimiento a través de la etnografía y la observación directa. Muchos alumnos «tuvieron la suerte de conocer a Otero Pedrayo o a Ramón Piñeiro, muy amigos de él».

DESCUBRIENDO LA HISTORIA

Blanco volvió a ser estudiante de Carvalho durante sus estudios en la Universidade de Santiago, donde el intelectual consiguió plaza como primer catedrático de Filología Gallega. Allí ‘Don Ricardo’ marcó a toda una generación de intelectuales y autores, como el editor y presidente de la Real Academia Galega, Víctor Freixanes; Pilar Pallarés, Premio Nacional de Poesía 2019; o la escritora Pilar García Negro.

«Cuando nosotros llegamos a sus clase no sabíamos nada, muy poco, llegamos bastante asilvestrados. Algunos éramos urbanitas otros de las aldeas, cada uno de su lengua y su manera de entender el gallego. Como profesor nos ordenó el cerebro, nos dio información de forma culta y exigente y construimos con él la historia y el canon de la literatura», destaca Freixanes.

Pallarés, por su parte, procedía de un colegio «muy pequeño» de A Coruña. «Era bastante distante, severo e irónico. Muchos alumnos lo admirábamos y ahora pienso que quizás éramos demasiado jóvenes para ver detrás de esa ironía todo lo que había de cordialidad. Para mí, también supuso descubrir la lengua de mi familia, de mis padres, y una tradición literaria y poética maravillosa que nos abría caminos a todo el mundo. Y eso fue de su mano».

La verdadera relación con Carvalho se forjó en los 80, sobre todo en la Asociación Alexandre Bóveda. «Nos trataba con una palabra que le gustaba mucho: colegas, camaradas, con la conciencia de que nos estaba pasando el ‘facho’ de ideas y conocimientos. Era ya un amigo y toda esa ironía, distancia y severidad quedó desvanecida».

«ELEGANCIA EXTRAORDINARIA»

Pilar García Negro estableció, a su vez, una profunda amistad personal con Carvalho Calero, que se inició después de la docencia. «Tuve ocasión de presentarlo en muchas palestras, en muchas conferencias y de acompañarlo en muchas ocasiones y ahí es cuando pude sacar provecho de su magisterio, de su enorme sabiduría e incluso conocer aspectos de su personalidad de una manera mucho más próxima».

En las últimas décadas de su vida, pudo ver a un Carvalho Calero que estaba «en pleno estado de forma», a pesar de ser «despreciado» e «incluso proscrito» por no adscribirse a la oficialidad marcada para el idioma y que, en contrapartida, le llevó a recibir «todo el cariño, reconocimiento y admiración» de numerosas asociaciones y organizaciones.

Esta situación «le afectaría mucho, aunque no lo exteriorizaba», ha explicado, puesto que vivió «rupturas de amistades de muchos años». «Era de una elegancia extraordinaria, no lo exteriorizaba o lo hacía levemente, incluso con bastante ironía y humor», recuerda García Negro, aunque en su poesía sí se manifestaba de una forma «más personal y reveladora de su intimidad».

DOS SEMBLANTES

La escritora ha asegurado que ‘Don Ricardo’ era una persona «muy afable» y «nada dogmática», que siempre estaba «abierto a opiniones y valoraciones de los demás», y que era «muy benevolente y amistoso», especialmente con la gente joven.

«Ya con otra edad que tengo pienso que él, por lógica, tuvo que observar y captar afirmaciones nuestras, seguramente muy rotundas o ingenuas por falta de conocimiento. Pero él era muy buen docente, nunca penalizó ni se escandalizó de nada», ha agradecido, para apuntar la «generosidad» de la que hacía gala.

«Tengo algún libro de él dedicado autógrafamente que ahora me emociona leer, en el que aparezco llamada amiga y compañera, altos títulos que agradezco muchísimo».

Para ella, este profesor y maestro de tantos jóvenes presentaba esos «dos semblantes»: el de un docente distante y serio, pero que en las distancias cortas se emocionaba con canciones populares, óperas y zarzuelas, entre sobremesas y cenas que tuvo ocasión de compartir tanto con él como su esposa, María Ignacia Ramos.

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