La complicidad

Olvidaba Marguerite Yourcenar que “en todo combate entre el fanatismo y el sentido común, pocas veces logra este último imponerse”. La escritora de las imprescindibles Memorias de Adriano recuperaba ese sentimiento melancólico de nosotros mismos a los pies de donde, se supone, siguen descansando los restos de nuestro García Lorca. Si hace dos semanas nos quedábamos ojipláticos ante el número de contagiados, a día de hoy reposamos nuestra tristeza en los muertos que incesantemente suman este tiempo que como una bofetada nos ha dejado en el silencio de la inacción. Y digo inacción porque nuestra batalla personal queda limitada a este quedarse en casa, porque a veces los objetivos también se escudan en la fuerza de una paciencia férrea a la espera del momento oportuno para impulsar nuestra osadía.

Con todo el tiempo que llevamos cargando esta mochila de confinamiento, y a pesar de saber que la temporalidad sigue siendo el oro más preciado de nuestra existencia, vagabundeamos entre datos, interpretaciones, teorías estadísticas, sesiones de virología y, en nuestro país, maniqueísmos de política de bandas, ya más que de bandos, tan preciada en nuestra agenda informativa. Ya les decía hace una semana que los medios de comunicación del resto de Europa seguían con interés esa batalla mediática de culpabilidades entre las franjas políticas, que antepone el puro y burdo acoso bulocrático al trabajo propio y comunitario contra esta amenaza dramática que nos llevará de manera indiscutible a un nuevo tiempo para todos nosotros.

Más allá de la imprudencia de unos cuantos, que siguen entre sus introargumentos para rascar algún interés político o personal, la mayoría buscamos la seguridad de estar en el punto necesario para luchar y vencer este maldito e invisible contagio silencioso que no sabe de fronteras, ideologías, edades o economías, pero muestra su efectividad en cada minuto. Es especialmente cansino y complicado tener tanto tiempo para informarse y formarse un criterio razonable con los innumerables todólogos de todos los días y quedarse con una agria sensación de juego mate entre los opinantes de un lado y del otro. Lo peor es que no pasan de repetitivas opiniones para dejar como resultado la desolación para proponer mejores iniciativas, dejándonos huérfanos de algo más de lo que ya se está haciendo.

Mucho nos queda para superar este ciclo de penuria que vivimos. Nos estamos dejando a nuestros muertos sin la posibilidad de esa despedida que todos necesitamos para ejercer con humanidad nuestro particular luto vital. El que más y el que menos hemos roto con los propósitos que nos marcamos en ese tan cercano año nuevo para ir dibujando perfiles mucho más sencillos ante este incierto futuro que asusta en lo que significa de esperanza, pero que sigue acariciando este presente tan dañado. De nada nos servirá nuestro sentido de responsabilidad si continúan las letanías fanáticas de quienes piensan o no piensan como nosotros o, lo peor, de los que no piensan. Será como decía Marguerite cuando anteponía al amor la virtud de la complicidad. Esa capacidad cooperativa, tan necesaria siempre, pero que se vuelve indispensable y urgente ante los días y las noches que tenemos por destino, imperioso de cómplices y, si pudiera ser,  errático de culpables.

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