La dimensión ética

Probablemente nunca a lo largo de toda la historia tantos y tanto se ha hablado, discutido y escrito de ética. Y, sin embargo, brilla por su ausencia tal y como se comprueba en estos días. Hoy, la crisis del coronavirus y la reacción de los Estados para salvar las vidas de los enfermos más frágiles y desvalidos muestra a las claras la necesidad de ética en este mundo dominado por unas tecnoestructuras insensibles al dolor humano y al sufrimiento de millones de personas. 

En efecto, la incapacidad de los gobiernos de concentrar toda su actuación en la prevención del riesgo de contagios y la dotación de medios dignos a los profesionales de la salud demuestra varias cosas. Por una parte, la preeminencia incluso en estos días, de la ideología frente a la técnica, al saber y a la experiencia científica y, por otra parte, la existencia de un centralismo burocrático injustificable en tiempos de crisis humanitaria. Por si fuera poco, a pesar de que son la causa y origen de la pandemia, se sigue alabando y poniendo alfombra roja al mayor enemigo de la libertad y de la democracia, hoy empeñado en lavar su complejo de culpa enviando «generosamente» su ayuda a los países en los que el virus se ceba inmisericordemente. 

Tras esta crisis precisamos efectivamente un cambio de civilización que funde el nuevo orden social, político, jurídico y económico sobre la dignidad del ser humano y sus derechos fundamentales, individuales y sociales

Tras esta crisis precisamos efectivamente un cambio de civilización que funde el nuevo orden social, político, jurídico y económico sobre la dignidad del ser humano y sus derechos fundamentales, individuales y sociales. Algo que debe dejar de ser retórico y alimentar el trabajo del sector público y del sector privado. 

Ha fracasado estrepitosamente la forma tradicional de entender y acercarse al Estado social y democrático de Derecho. En efecto, ya no sirve es aplicar el modelo sobre estructuras y mentalidades antiguas, que son las que justifican sin empacho alguno que los derechos sociales fundamentales no sean más que posibilidades de actuación, mandatos de optimización. La Administración, al facilitar un derecho a la salud digno, en todas sus dimensiones, especialmente en la preventiva, debe disponer de los medios materiales y personales adecuados para que pandemias permitan atender como se merece a las personas. 

Mientras no tengamos claro, y actuemos en consecuencia, que las personas son lo primero, absolutamente lo primero, nos queda mucho, muchísimo camino para hacer del planeta un espacio para la vida digna de las personas. Esperemos que las tecnoestrucuras se dan cuenta de las consecuencias de su errática obsesión por el poder y el dinero. Aunque sea duro recordarlo en estos tiempos de tanto sufrimiento para tanta gente buena e inocente: no hay mal que por bien no venga. Eso sí, siempre que las cosas empiecen a mejorar, sobre todo para los desvalidos y más frágiles.

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