Halcones y palomas

                Es en el ámbito económico, y en especial en el monetario, donde en mayor medida los especialistas manejan la dicotomía de “halcones y palomas”, según las distintas tendencias doctrinales y prácticas.  Los primeros estarían en general más a favor de políticas de ajuste e inflación baja, mientras que los segundos optarían con preferencia por políticas expansivas de gasto y bajos tipos de interés. Simplificando un poco, se trataría, en definitiva, de duros frente a flexibles; de ortodoxos frente a partidarios de menores rigideces.

                Mundo adelante, el modelo de “halcón”, de la ortodoxia presupuestaria, de los ajustes y del no endeudamiento, ha venido siendo la Alemania de la señora Merkel. Y hablo en pasado porque hace unos días el Gobierno de conservadores y socialdemócratas presentó un plan para paliar los efectos económicos de la pandemia, que prevé la movilización de miles de millones de euros y que supone el levantamiento temporal de un par de dogmas que parecían intocables.

                Se trata del déficit cero presupuestario y del freno a la deuda, este último santificado en la propia Constitución. Será la primera vez que desde 2013 se endeude: 156.000 millones de euros. Bien lo puede hacer porque así se lo permiten las políticas anteriores de consolidación fiscal, que les está dejando margen para lidiar con la crisis que llega. Al tiempo, lanza un implícito reproche a países como Italia (140 por ciento de deuda sobre el PIB) y España (rozando el 100 por ciento), que no hicieron los deberes en tiempos de bonanza y que ahora capitanean por los pasillos de Bruselas la orden de los mendicantes.

                No obstante, por donde no pasará el Gobierno Merkel es por aquello de mutualizar la deuda de la eurozona; es decir por compartirla a través de los eurobonos, redesignados ahora como coranobonus, para hacer frente de forma conjunta a los efectos económicos de la crisis, que según el Fondo Monetario Internacional (FMI) puede provocar una recesión al menos tan grave como la vivida en el gran episodio financiero iniciado en 2008.

                Aquel año el PIB mundial se contrajo un 1,7 por ciento, en lo que entonces fue la peor recesión en ochenta años. Pero el coronavirus ha logrado detener la actividad del planeta hasta el punto de que lo que hace unos meses apuntaba a un crecimiento superior al 3 por ciento, ahora se ha convertido en un retroceso que se aproximará al 2 por ciento negativo.

Sea como fuere, lo cierto es que la crisis actual está poniendo de nuevo a prueba las costuras del proyecto europeo, pero no parece que vaya a ablandar la inflexible postura de Alemania y de los socios del club de la ortodoxia, entre los que destacan Holanda, Finlandia y Austria, alérgicos a fórmulas que ya se desecharon en el pasado. La Unión Europea se debate, dividida, estos días en la búsqueda de otros mecanismos de respuesta unitaria. Y  cuanto menos exigentes, mejor.  

Lo que en buena lógica sí tienen claro todos es que el tiempo de duración de la propia crisis sanitaria será determinante para el efecto de la misma en el debilitamiento de la economía. Según Caixabank, por ejemplo, la española se contraerá un 10% en el primer semestre, el paro superará el 20% y el déficit podría situarse por encima del 5% del PIB. Pero el abanico de pronósticos está todavía muy abierto, pues no será lo mismo si todo concluye en abril o en julio.

Tal vez por eso, el Banco de España se resiste a dar cifras alegando no disponer  aún de indicadores que permitan medir con un mínimo de rigor lo que se nos viene encima. Pero ha avisado de que el impacto será “severo, muy negativo y pronunciado”. El gobernador de la institución, Pablo Hernández de Cos, que suele alinearse en bando de los “halcones”, en esta ocasión sí se ha mostrado partidario de los eurobonos. “¿Si no es ahora, cuándo?”, se ha preguntado.

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