Acotaciones

** Tal vez sea excesivo afirmar que nos encontramos  en uno de esos momentos estelares de la Humanidad que el escritor e historiador austriaco Stefan Zweig (1881-1942) definió como aquéllos que, resplandecientes y brillantes como estrellas, brillan sobre la noche de lo efímero; aquéllos que marcan un rumbo durante décadas y siglos; aquéllos que determinan no sólo la vida de un individuo, sino también de un pueblo entero e incluso el destino de todo el mundo.

Quizás –digo- pudiera parecer desmesurado. Pero lo que sí parece más asumible es que con la infausta ocasión de la pandemia del coronavirus  va a haber un antes y un después de la sociedad; que como señalaba días atrás el psiquiatra profesor Enrique Rojas, se va a registrar un giro copernicano en muchas cosas. El ciudadano no estaba preparado ni mentalizado para lo que se le venía encima: para cómo una enfermedad que parecía marginal se convertía en una pandemia.

 Cuando en medio de la obligada reclusión doméstica se  logra hacer una pequeña parada en los afanes personales y familiares de la jornada, uno inevitablemente se pregunta cómo puede ser que en el siglo XXI que vivimos; cuando el hombre lanza al cosmos sofisticados artilugios aeroespaciales; cuando con un móvil podemos hablar sin demora con los antípodas, y cuando en trece/catorce horas de vuelo podemos plantarnos en el país del sol naciente, cómo es factible  –digo-  que un microorganismo que sólo puede ser visto al microscopio electrónico haya sido capaz de paralizar el mundo y cuestionar tantas cosas que creíamos enraizadas en nuestra forma de vivir.

** Pensábamos que éramos invulnerables y, sin embargo, la vida se ha detenido o ralentizado hasta extremos desconocidos al menos por las últimas generaciones. La idea de que teníamos todo controlado se está viniendo abajo. Nos ha sorprendido una tormenta inesperada y furiosa, por emplear palabras del papa Francisco en el tiempo extraordinario de oración que el Santo Padre presidió el viernes en el atrio de la basílica vaticana de San Pedro.

Impresionante convocatoria ésta, en una tarde lluviosa y desapacible, casi a la intemperie, ante la explanada de de esa gran plaza, vacía de gentes, que a mediados del XVII diseñó Bernini y que parece abrazar con su monumental columnata a Roma y al mundo. 

** El viejo y milagroso Cristo que en el verano de 1522 procesionó  durante dieciséis días por los barrios romanos en súplica para detener la peste negra que asolaba la ciudad y que había sido trasladado ex profeso desde la iglesia de San Marcello al Corso, con sus llagas moradas parecía llorar por el mundo. Los largos primeros planos televisivos daban enorme dramatismo al momento.

Ante la imagen un papa Francisco, con sotana sencilla y sin abrigo, triste y dolido como nunca se le había visto, invitó al mundo a hacer subir a Jesús “a la barca de nuestras vidas” porque “con Dios la vida nunca muere;  Él  trae serenidad a nuestras tormentas”.

Quienes estén más acostumbrados a seguir la bendición urbi et orbi (“para la ciudad y para el mundo”), saben que ésta se imparte sólo dos veces al año (Navidad y Pascua de Resurrección), pero nunca con el Santísimo Sacramento, como esta vez. No fue, pues, en verdad el Santo Padre que dio la bendición, sino Cristo mismo presente en la sagrada forma consagrada. Y en medio del repique de campanas, símbolo de alegría y esperanza.

** Cuando salgan de ésta, frágiles y desorientados, ciudadanos del mundo y la propia sociedad habrán –habremos- de resetearse. Habremos de renunciar a muchas de las seguridades con las que habíamos  construido nuestras agendas, proyectos, rutinas y prioridades. Habremos de asumir también que nuestro nivel de vida va a bajar.

Las autoridades públicas, por su parte, tendrán que comenzar a pensar en términos de salud global y en  sistemas preventivos comunes; en una especie de fondos de reserva de medios sanitarios materiales para situaciones de emergencia no previsibles y que, cuando llegan de repente y de forma masiva como en la presente ocasión, no han de encontrar sistema sanitario, por muy fuerte que sea, capaz de hacerlas frente en primera instancia.

** Tendremos tal vez una sociedad menos alegre, más precavida, más previsora, menos confiada. Pero al tiempo florecerán nuevos valores; nuevas formas de hospitalidad  y solidaridad. Las sociedades, al final, siempre saben asumir los nuevos retos, readaptarse y salir a flote.

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