El campo grita

Vengo del campo. Mis orígenes están en los latifundios de Extremadura y de niño aún alcancé a ver a los jornaleros agolpados en la plaza del pueblo aguardando a ser contratados por los capataces de los terratenientes. Si había tarea, había comida. Y viceversa. El alargado dedo del amo repartía miserias, desesperanzas, vivas a España y a Franco, por la gracia de Dios. En los años sesenta del pasado siglo los obreros dejaron de rezar maldiciones y emigraron todos al País Vasco, a Cataluña, a Europa… La plaza y las calles quedaron en silencio para gozo de las golondrinas. También el campo con los lagartos al sol. Solo los pequeños propietarios se subieron al tractor, auténtico salvador de la patria, y mantuvieron el empeño mientras España se vaciaba. Los señores se instalaron en Madrid a la sombra del funcionariado, de la especulación urbana, de las subvenciones y de las rentas.

Vine a Galicia y me costó entender el minifundismo, la pelea por una linde, la disputa legal eterna por un regato o un marco mal colocado… Me dijeron que aquí se emigra “porque se lleva en la sangre”. Es mentira, la Galicia de la diáspora es la Galicia sin tierra o de la tierra sin futuro. De la paradoja dual aprendí que el minifundio también es una vieja maldición, como el latifundio en mi terruño de nacencia. Que el legendario y rico reino verde de Breogan se desangra porque el sector primario es despreciado por el progreso digital, industrial, comercial y capitalista. Y por la falta de articulación del territorio.

Estas dos imágenes rurales pueden parecer extremos pero en realidad son idénticas puesto que el resultado de explotación del campo arroja el mismo balance. Sudor, miseria y desesperanza. En el medio podríamos colocar el Levante productivo y exportador de frutas, o los mares de invernaderos de Almería, los olivares de Jaén, un puñado de tierras del republicano Plan Badajoz y otras excepciones que son los campos que estos días han salido a las calles con sus máquinas de progreso, otra vez el tractor, para gritar que ellos también se mueren cansados de perder dinero y de solucionar el bienestar gracias a precarias subvenciones. Si el ministerio o Europa les cierran el grifo, no hay duda, se secan bajo la niebla de la desprotección frente a las importaciones y los abusos de la comercialización salvaje, generadora de plusvalías a su costa.

El cambio respecto al pasado es curioso. En la calle están los pequeños propietarios. No he visto multitud de jornaleros ni tampoco a los “grandes” que copan desde sus despachos la parte más amplia del pastel subsidiado. Son esas familias de viajo abolengo agrícola, léase Mora, Figueroa, Domecq, Vall, March, Koplowitz… Han salido quienes realmente hoy son el campo con derecho a gritar y protestar. El cambio también ha alcanzado a la filosofía. No se reivindica la tierra para quien la trabaja, se pide un lugar digno en el mundo de la economía productiva, dejar de ser los pies de barro de la vida moderna. Quizás ya nadie necesite más tierra que la del cementerio. 

El campo grita y hay que atenderlo. Pero, maldita sea, me temo que seguirá estancado en la dialéctica política y en la negociación coyuntural. Pues a ningún agricultor le he escuchado exigir la reforma agraria pendiente en la España constitucional desde hace un siglo. He ahí la verdadera base del problema. 

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