Alfredo Labajo

LEO, con ojos incrédulos, que Alfredo Labajo Grandío, el gran pintor, ha aparecido muerto en su finca de Vilafiz, en Friol. La prensa se ha hecho eco del suceso, principalmente por sus escabrosas circunstancias, pues escriben los cronistas que el cuerpo presenta mordiscos aparentemente causados por los perros que eran su única compañía, quizás llevados a la desesperación por el hambre y el abandono. Pero no es eso lo que a mí me importa.

Alfredo era ahora un anciano que vivía sin contacto social. Pero yo lo conocí en Lugo, cuando ambos éramos niños. Cursé estudios con su hermana Amparo en el Instituto Femenino de Lugo, donde ocupamos asientos contiguos. También vienen a mi memoria sus otras dos hermanas, Mariluz y Puri, célebres por su belleza. Su padre era por entonces director del Instituto lucense Virgen de los Ojos Grandes.

Son como fantasmas del pasado, que compartieron conmigo un mundo que ya no existe y regresan ahora, en uno muy diferente. Cuando vuelven a mi memoria, su recuerdo, y el del mundo que compartimos, me parece tan lejano que es como si perteneciera a otra vida. Creo que, en realidad, todos vivimos varias vidas que, al sucederse sin solución de continuidad, parecen la misma. La de la niña, la joven, la recién casada, la madre primeriza, la abuela…

Ignoro si la vida de todas esas magníficas gentes ha tocado a su fin. En todo caso, viven, y vivirán, en mi memoria. Son parte de un pasado que, aunque ha retornado de manera cruel e impetuosa, trae también con él imágenes nostálgicas y entrañables. Allí donde estéis, gracias a todos vosotros por aquellos buenos momentos.

Otilia Seija, escritora

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