Se terminó la tregua

Apenas se habían apagado las luces y derivados de la última llamada a las urnas cuando Feijóo desde Santiago y Urkullu desde Vitoria convocaron hace unos días elecciones para el 5 de abril en sus respectivos territorios autonómicos. Ponían así fin a una tregua electoral más corta de lo en principio previsible.

                Es de recordar que en menos de un año se han celebrado dos elecciones generales, unas europeas y doce regionales. Señaladas están ya las gallegas y vascas. Y las catalanas llegarán cuando el ovillo independentista se vaya desenredando. Un atracón de elecciones  que, quiérase o no, supone una cierta dosis de parálisis institucional.      

                El adelanto en Galicia y País Vasco no es menor: medio año. Quiere decir que tras ello hay razones de más peso  que las en público aducidas. El presidente Urkullu, que gobierna en minoría, considera que la dinámica parlamentaria no da para mucho más y que la legislatura está prácticamente agotada.

La justificación dada por Feijóo es más pobre. ¿Tener listos cuanto antes los presupuestos de cara al xacobeo del año que viene? Quizás. Pero más bien me inclino por una conveniencia táctica: coger a la oposición un poco por sorpresa y a contrapié: podemitas y mareas sin organizarse y sin que el PSOE de Sánchez tenga mayor tiempo para mover mucha ficha y reparar los agravios hechos a nuestra comunidad. Por mucho que ponga a correr el AVE en periodos de prueba.

                Para Feijóo se trata de una apuesta política de riesgo. Al resistirse  a la alianza con Ciudadanos, se va a presentar a cuerpo  descubierto; sin afinidades  que le pudieran echar una mano en caso de no revalidar la mayoría absoluta de que ha venido gozando y ampliando durante tres mandatos. Y  bien sabe que si no la logra, habrá de ceder los trastos a una oposición que tantas ganas le tiene. O continuidad o cambio. Es el dilema.

Para salir vivo de este su envite personal, que tanto daño como favor puede causar al partido según resultados, habrá de poner en marcha una gran operación de movilización del electorado, así como hacer pesar el balance de gestión de sus tres mandatos. Un recuento que en nada ni de lejos se parece al catastrofismo casi apocalíptico que presentará la oposición.

Muy al contrario, Feijóo ha aportado seriedad y estabilidad; nada que ver tampoco con el barullo de otras latitudes. Oyendo decir a algunos que “el grito de la calle” habría forzado al presidente a  adelantar las elecciones, uno saca la impresión de estar viviendo en otros parajes.

                Un poco eufórico de más parece sentirse el PSdeG, con su secretario general al frente, Gonzalo Caballero. Porque habrá que partir de la base de que los resultados  no son extrapolables de unas elecciones a otras y menos de unas generales a unas autonómicas.

Así las cosas, bien cabe recordar que en las municipales últimas donde ya remaron con fuerza propia y no tanto con los vientos favorables del sanchismo  dominante a escala nacional, los socialistas gallegos no ganaron al Partido Popular ni en votos ni en escaños y sólo arañaron una provincia (Pontevedra) y tres (Vigo, Ourense y Santiago) de las siete principales ciudades. Me parecen en exceso optimistas.

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