Serena plenitud

            Hay algo mágico en algunas expresiones, aquellas que logran detener los ímpetus y activar las mentes, que inspiran los conocimientos adquiridos, nos imbuyen de inventiva  y actúan, cual musas, sobre la creatividad. Eso logros son como semillas que germinan en nuestras mentes y, para su sorpresa, lo hacen de forma casi mágica, pues hasta que brotan siquiera son intuidas por las imaginaciones más ambiciosas.

            De un vacío sideral emerge el fruto, lo hace desde lo que aparenta ser la nada; desde lo que no es un lugar y persistirá como referencia; desde lo que no es tiempo y perdurará como eterno.

            Una palabra, una percepción, una sensación, pueden trastocarse en un aforismo, en un boceto, en una bella imagen, y a su vez mostrarse como caudaloso manantial, como embrión de nuevos logros reflexivos en la literatura, en la plástica, en lo visual. Un trazo es principio, es halo primigenio, hecho creador, voluntad de arte, quizás la respuesta a otras nadas perdidas, extraviadas, en los corredores del recuerdo.

            En qué sublime momento del silencio nace la inspiración. De qué espacio han surgido las grandes músicas o los poemas. De qué mar callado emergen las intuiciones. En qué laberinto se encontraron la naturaleza y el ser humano.

            Tiene que existir un segundo exacto de emanación sublime de esa extraña lucidez que resulta ser un neologismo que, en colaboración con otros términos, se convierte en un idioma, y acaba por incrustarse en un poema o en una novela, y participa del hallazgo de un estilo, se aupa en una tradición, quizás en una cultura, y que en su conjunto habrán de permitir la acumulación de saberes que habrán de transmitirse como patrimonio colectivo del individuo y de su tribu. El universo no admite detenerse, evoluciona, se encadena, todo fluye e incorpora novedad.

            ¿Obedece la inspiración a un predeterminismo selectivo? En muchas de las expresiones así lo semeja, pues adquiere esa aureola de bendición privilegiada otorgada, nunca en su integridad, a algunos seres. En todo caso, tal planteamiento se inclina a responder a la aparente necesidad de reconstruir algo que se fuese como filtrando, poco a poco, en las mentes de los artistas, plásticos o literarios, o de los genios científicos, pero también de cada individuo, sea quien fuere. No somos nadie para desmentir que así sea, pero sí gozamos de capacidad para cuestionarlo casi todo.

            La inspiración puede surgir de antiguas melancolías, de una memoria que se recuerda a sí misma, de esencias difusas. Se reitera en mentes únicas, privilegiadas, capaces de reinterpretar el mundo una y otra vez en la más libre manifestación de libertad, y esa es, quizás, una de las mayores riquezas de un ser cuyos logros, si son originales, representan una recreación del instante inicial del mundo, acercándose a lo que podría entenderse como una provocación, a una conmoción existencial. Las maestrías responden a audacias expresivas, superadoras de lo preexistente, de la mera técnica o de la simple imitación. Con ello tengo hablado con los Gabarrón, padre e hijo, dos Cristóbal geniales, mundanos e intelectuales de altura, en su refugio de Beluso, acompañados por José María Barreiro.

            Jorge Luis Borges dejó escrito: “Imagino una época futura, muy futura, en la cual todo hombre produce el arte que necesita, cada hombre produce su filosofía, su música, su religión, su escultura”.

            Nosotros mismos, cada uno y la colectividad, estamos cambiando el mundo a un ritmo vertiginoso. Nuestros rupturismos responden a la necesidad de participar de lo global impuesto, de una sociedad imbuida de precipitaciones al servicio de poderes políticos y económicos indeterminados. La ansiedad de estar nos lleva a improvisar, sin valorar si gozamos de conocimientos, sin la reflexión necesaria para realizar aportes en verdad válidos y útiles a una evolución que nos atenaza con sus exigentes demandas, fundamentalmente de consumir. Nuestros propios datos, incluso nuestra personalidad, se convierten en mercancía. Vivimos sin boceto, sin estrategia.

            Tengo la sensación de que, al menos aparentemente, a las nuevas generaciones – las mejor formadas e informadas de la historia, las que gozan de mayores y mejores recursos -, les importa poco de dónde venimos o si se alteran las normas de convivencia prestablecidas dentro de una cultura tribal. En lo opuesto, las personas mayores tienen dificultades serias para incorporarse a las novedades tecnológicas, de ser competentes para desarrollarse en su entorno convivencias. Y, en todos, se suele produce un aislamiento que nos facilita más la relación con una máquina, con una pantalla, que con un vecino. Residimos en la desorientación misma de la abundancia de referencias, la mayoría inútiles e inoportunas.

            Hemos de inspirarnos de nuevo para encontrarnos en aquello que somos, como seres humanos, racionales y sociales, capaces de amar y de ser amados, de aprender y de compartir, de respetar el medio ambiente, de crear una obra de arte u otras cosas, de gozar solo de lo que nos resulte esencial y de valorar, incluso con sentido crítico, a los demás. El otro existe y lo hace para que cada uno sea mejor, para estimar hallazgos, gozar de referencias, compartir tristezas o aliviar dolores.

            Entre todos hemos crear la esperanza de un mundo mejor, al menos de la posibilidad de crearlo, y que habrá de ser más sencillo y participativo, menos competitivo y consumista.

            La vida es  un murmullo indisciplinado del universo, una invitación a la acción, una actitud, una gran soledad en la que debemos acompañarnos hasta el final con afán de alcanzar una serena plenitud. Eso creo.

Alberto Barciela, periodista

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