Colorín colorado

Este año el invierno no es lo que parece. Tampoco lo fue el otoño, ni el verano, ni la primavera… No sé si la climatología refleja las incertidumbres de la humanidad o al contrario. El caso es que, cuando me he sentado a escribir estas líneas, por la ventana de mi estudio está entrando un sol radiante, la temperatura es alta para la estación y veo pasar por la acera dos mozas con flores de primavera en la vestimenta. Los pájaros andan desorientados y un perro callejero se despereza, como si ya fuera febrero y la hora de buscar la sombra. En la radio unos tertulianos aseguran que el movimiento 15M de 2011 por fin se ha sentado en el consejo de ministros, que la epopeya de Pablo Iglesias y los suyos ha alcanzado el cielo enmoquetado de La Moncloa y los nebulosos secretos de los despachos ministeriales. Y están seguros de que, colorín colorado, la indignación se ha acabado.

Como con el clima, creo que lo visto y oído no es lo que parece, aunque el cambio lo disimule. Concuerdo con los logros del movimiento podemita pero dudo que la foto sea de triunfo. En otras circunstancias los politólogos estarían calibrando la fuerza del abrazo del oso y la resistencia de los recién llegados al regazo del poder establecido. El río está demasiado desbordado del cauce habitual por lo que cualquier comparación con el pasado resultará contradictoria. El verdadero valor de la situación hay que registrarlo en la conjunción histórica de la socialdemocracia con la izquierda indignada. Los unos han aceptado el dictado de las circunstancias y los otros la fuerza tradicional del bipartidismo. En la capacidad para caminar juntos y en el número de kilómetros que recorran encontraremos la realidad del éxito y de la transformación de cada uno de los socios.

Sin embargo, no hay duda de que el ejercicio de gobernar amortiguará las diferencias. Al tiempo, tienen la suerte de que la incapacidad de las derechas para acomodarse en un mismo proyecto, les dejará el camino expedito, al menos durante una legislatura. Dos situaciones para los partidos emergentes que, evidentemente, aparentan el final de su cometido fundacional. Los unos en el machito del poder, los otros en el caos. Mientras Unidas Podemos ha conseguido tocar el arca de la alianza, Ciudadanos se desangra sin remedio en su charco de contradicciones. 

Ahora mismo Cs es un partido de corte centralista sin poder ni capacidad de influencia en el gobierno de España, pero con reductos poderosos en algunas autonomías y ayuntamientos. La imagen es clarificadora. Con una desorganización orgánica monumental, consecuencia del frustrado liderazgo de Albert Rivera y de su indefinición ideológica, el nuevo partido no tardará en desparecer. Una buena parte engullido por el PP y probablemente, si los de Casado siguen el ronsel de Vox, otros se refugiarán bajo el paraguas de unas nuevas siglas centristas, donde coincidan gentes del talante de Borja Semper –bastante más abundantes de lo parece dentro del PP- con quienes soñaron una organización centrista y renovadora de la derecha tradicional, lejos del paraguas del aznarismo.

Si no fuera por el espacio que ha ocupado la extrema derecha, tras el descalabro de Ciudadanos y la llegada al Gobierno de Podemos, sí que estaríamos en condiciones de decir aquello de “colorín colorado, el cuento se les ha acabado”. Pero no, aún quedan flecos. 

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar