El catecismo constitucional

Nos obligaron a ir a la catequesis y aprendimos de carrerilla el catecismo del padre Astete. Sesenta años después soy incapaz de repetir nada de cuanto sigue a aquel primer enunciado. Preguntaba don Aquilino, el cura: ¿eres cristiano? Respondía el coro: ¡soy cristiano por la gracia de Dios! A partir de ahí la congregación estaba consolidada bajo un mismo precepto irrefutable. Y como Franco, según rezaba en las monedas, también era “caudillo de España por la gracia de Dios”, los catecúmenos llegamos a pensar que éramos gente importante merced al catecismo. Así mi amigo Jose Mari, tan devoto entonces, no tardó en percatarse de que aquel librito de pastas amarillentas y tipografía rancia era una excelente arma para controlar al prójimo. Le bastaba citar un precepto, desconocido para la mayoría, y nos condenaba al infierno a la hora de llevarse la pelota o de hacer trampas jugando a las canicas. Con el tiempo descubrimos que ser hábiles con las normas, como los leguleyos, ayuda a andar por la vida aunque no creas en ellas.
En los últimos tiempos el catecismo de Gaspar Astete se asoma a mi memoria con harta frecuencia. Solo que ahora se llama Constitución del 78 y sus propagandistas apenas la han leído y ni siquiera recuerdan cómo sus mayores políticos la denostaron, votaron en contra de su existencia y en el mejor de los casos la ignoraron absteniéndose en el momento de consagrarla como carta magna de la españolidad. Se me figuran como Jose Mari, quien fue capaz de utilizar aquellos preceptos más queridos por don Aquilino, aunque no vinieran a cuento, para librarse de castigos o deberes incómodos y hasta para conseguir buenas notas.
La Constitución no es un catecismo pero los Jose Mari de la oposición a Sánchez se han empeñado en airearla para anunciarnos el apocalipsis un día sí y otro también. La devoción constitucional se me antoja desmesurada en boca de Inés Arrimadas o de Pablo Casado e intuyo que desconocen sus preceptos como nosotros el catecismo obligatorio. Ignoran que la Constitución puede ser revisada y reformada, como se lee en el Título X. Cuanto hoy es un Estado de las Autonomías mañana puede ser un Estado Federal. Si cualquier tipo de organización territorial de la península sirve para solidificar la convivencia e impedir que nos demos las espaldas, siempre será mejor que crear una frontera eterna como provocó Alfonso VI con Portugal al repartir los territorios entre sus hijas, Urraca y Teresa. La historia es tan caprichosa e imprevisible como la lotería. No tengan dudas.
La Constitución del 78 se redactó bajo el espíritu de la división ideológica tradicional en derechas, centro e izquierdas dejando un hueco a los nacionalismos históricos (con la esperanza de su pronta extinción). Hoy muchos de los preceptos mantienen su vigencia pero otros están pidiendo una reforma a gritos. Sucede con el artículo 137 -la organización territorial- y con el 99 -la conformación de la Cámaras y la elección de presidente del Gobierno-. Dos cuestiones que implícita o explícitamente planean sobre todas las mesas de negociación y de trabajo político en este momento, en esta hora de la multiplicidad partidista. Y lo quieran o no los oportunistas seguidores del catecismo del padre Astete van a ser las dos cuestiones legislativas más recurrentes durante los próximos cuatro años, gobierne la izquierda o gobierne la derecha.

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