Sí , juro

Ya tenemos las Cortes constituidas y hemos celebrado, un año más, la Constitución abrazándose en un puente festivo con la Inmaculada Concepción. De una sola tacada hemos movido las bolas de la política, la jurisprudencia y la religión. Una carambola adecuada en el pasado pero llena de tropiezos en el presente. Hemos asistido al cada vez más esperpéntico espectáculo de los juramentos de diputados/as y senadores/as regodeándonos, riendo o maldiciendo las retorcidas fórmulas empleadas por algunas de sus señorías para confirmarse en el cargo: por imperativo legal, por la república catalana, por España, por las castañuelas de la abuela (si cuadrara)… Luego nos hemos marchado de fiesta constitucional a las recepciones de turno antes de, paseando por el puente, asistir a la tradicional misa de doce.

Huele a sainete de Carlos Arniches pero es la realidad. Aunque sea una tradición preceptiva, no se entiende por qué una persona elegida en las urnas y confirmada por la Junta Electoral, integrada en su mayoría por magistrados, ha de jurar cumplir la legalidad, como si el juramento tuviera más valor de lo simbólico entre dos tratantes de ganado. Juran obedecer algo que ellos mismos pueden cambiar en el transcurso de sus mandatos. No hay duda de que se trata de una reminiscencia religiosa el someter la palabra de honor personal al dictamen de una divinidad, ahora representada por La Constitución, como hace cuatro días lo estaba por la Biblia y el crucifijo.

Sí juro o Sí prometo, son dos fórmulas inscritas en 1989 en el reglamento del Parlamento presidido por Félix Pons, quien llegó a expulsar de la Cámara a quienes no se atuvieron a ellas. En la actualidad aquella rigidez se ha relajado y mientras Pablo Casado quiere volver a la vieja intransigencia, el pragmatismo impone que va siendo hora de aparcar los juramentos en el baúl de los recuerdos y dar por bueno y legal que quien representa al pueblo por elección libre se supone que debe cumplir la legalidad o de lo contrario actuará la justicia, como es preceptivo. Sin más teatro ni botafumeiros.

Periodista

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