El país del ocaso

Los cumpleaños pasan por diferentes etapas. En las primeras décadas saben a risas y prisas, para llegar a los años en los que pasan a ser más un estorbo festivo de descuentos que no interesa saber. Fuera a parte de tomarse las añadas con mejor o peor dicha, lo cierto es que tener un referente del tiempo que vamos atesorando conlleva un buen bagaje para saber de nosotros mismos. Y las cosas, las leyes, los puentes, la historia, todos tienen sus “cumple tiempos” por aquello de recordar lo que fueron para seguir siendo.

Nuestra querida constitución también ha tenido su festín institucional gracias a que, hace 41 años, quienes andaban amarrados aún a tiempos grises inmovilistas decidieron echar el cerrojo a una etapa histórica. Posiblemente sin ninguna certeza de qué podría pasar o despasar, ni tampoco contó con esas unanimidades de coma y punto en sus argumentarios. Cada cual justificaría su voto con lo bueno o malo que aconsejara sus entendederas. Y gracias a ese abanico de opciones, este país empezó a caminar en una nueva senda que, mejor o peor, nos ha llevado hasta aquí. En ese camino, reconozcamos que se quedaron olvidos, intereses de algunos, descréditos de otros y, desgraciadamente, ilusiones de muchos. Porque nada es perfecto ni desafecto de equivocaciones y traiciones. Somos como en la vida privada, esclavos de errores y aprendices de santos. Una naturaleza hermosa en su pensamiento, pero imperfecta en las acciones.

Y el aniversario de nuestra carta magna fue, una vez más, la foto finish de lo que somos, porque, en definitiva, es lo que se busca. Este presente de torbellinos políticos donde quien se mueve, a pesar de todo, sigue emborronando la imagen de este quehacer cuadriculado.

Pensemos que, a pesar de los esfuerzos interesados de contarnos y argumentarnos el articulado de nuestra ley de leyes, el desconocimiento de ella llega al mismo nivel del que mantenemos, in sécula seculórum, con nuestra universal obra del genial hidalgo de la Mancha. Los medios de comunicación apechugan con las crónicas de los actos institucionales y, como buenos afiladores de machete, fijan su interés entre chascarrillos y ausencias. Consideremos también que a pesar de los discursos repetitivos de lo bueno que fue y de la necesidad de no tener miedo a los cambios que puedan demandar los nuevos tiempos, nada de ello forma parte de esa agenda voluntariosa de la gobernabilidad. Mientras tanto, las calles se llenaron, nuevamente, de reivindicaciones sociales, encauzadas en esta ocasión con esa alarma desgraciadamente tan evidente como la del medio ambiente. El salto cualitativo entre la calle y las instituciones parece abrir demasiados huecos a esta época de desafección entre lo que se hace y lo que se demanda. Por su parte, las redes sociales aúpan la chirigota de la risotada entre diferentes para atacar la libertad frente a los discursos extremos. Mal camino para rehacer puentes en esta tierra de Ofiusa donde parece que siempre duerme el ocaso.

Entretanto, tenemos acelerones para este adviento de la nueva legislatura que vuelve a arrancar con la misma tibieza que la anecdótica anterior, pero con el convencimiento social de que de bromas ya andamos un poco sobrepasados. Dijo el artista y cineasta norteamericano Andy Warhol que “ser lo correcto en el lugar equivocado y lo incorrecto en el lugar correcto vale la pena porque siempre sucede algo interesante». A lo mejor a este país le falta algo de incorrección en las formas para obtener acciones correctas que engrasen esta maquinaria que nos empieza a chirriar cierta insatisfacción popular. Y será porque, posiblemente, nos sobren demasiados ocasos para empezar a soñar algún que otro amanecer que consiga deslumbrar a tanta desidia del presente.

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