Tomar decisiones

Hace unos días Serafín Hermida, uno de esos gallegos que triunfan fuera pero que siempre vuelven, me comentaba en su hotel Los Abetos de Santiago, por cierto, un gran desconocido incluso en la ciudad, pero sin duda uno de los mejores de Galicia, que pronto contará también con un magnífico spa, que el secreto del éxito en los negocios es tomar decisiones rápidas, coherentes y no dar bandazos. 

Esto me ha llevado a pensar que en efecto tomar una buena decisión no siempre es fácil y desde luego puede marcar la diferencia. En el día a día se toman mil y una decisiones, la mayoría insignificantes, pero de vez en cuando te encuentras delante de una que consideras importante. ¿Y cómo decidir? Algunas veces, más por intuición que por reflexión. En otras muchas, uno se muestra renuente a hacerlo y prefiere dejar la resolución en manos de otros.

Aunque últimamente existe una cierta mistificación del error y del fracaso, ¡da igual equivocarse que acertar en nuestras decisiones!, lo cierto es que parece estar comprobado que aprendemos más de los aciertos, que de los errores. Un estudio neurológico con monos realizado en 2009 por científicos del MIT mostró que las células de los primates apenas reaccionaban ante la experiencia de la equivocación y, por tanto, no mejoraban su comportamiento. Sin embargo, cuando el animal obtenía la respuesta correcta, las neuronas procesaban información de modo más preciso y efectivo, y esto además hacía que aumentasen las probabilidades de acierto en las siguientes pruebas.

Sin embargo, el día a día parece un proceso algo más complejo. Igual que los monos, a medida que acertamos con nuestras decisiones, estamos cada vez más seguros sobre las estrategias de decisión que seguimos, nos volvemos más confiados y nos parece incluso hasta sencillo tomar la decisión adecuada. Pero ojo con las repeticiones de estrategias pues nos puede generar demasiada confianza y perder la necesaria capacidad crítica para tomar las mejores decisiones.

Vivimos en un mundo de creciente incertidumbre que obliga paradójicamente a tomar decisiones cada vez más rápidas. La velocidad con la que se suceden los cambios y las múltiples y complejas interrelaciones que se producen en nuestro entorno hacen imposible dominar todos los elementos que pueden influir en nuestras decisiones, porque nunca lo sabremos todo. Por tanto, hemos de acostumbrarnos a decidir en realidades de creciente ambigüedad y cambio constante, para lo que es buena idea de ser posible, no decidir en caliente y darse algún tiempo para templar, gestionar y equilibrar nuestros pensamientos.

El tiempo tiene en este proceso un papel fundamental, pues puede limitar esa exploración y búsqueda de las mejores decisiones. Sin embargo, como avanzábamos antes, puede ser muy oportuno y conveniente pararnos a reflexionar sobre nuestro proceso a la hora de tomar decisiones y tener claro que no podremos mejorar, ni cambiar nada si siempre seguimos haciéndolo del mismo modo, ni olvidarnos de que debemos ser capaces de adoptar perspectivas que nos permitan ver con mayor claridad el potencial y las consecuencias de nuestras decisiones.

No sé si el quid de la cuestión es tomar rápido las decisiones o hacerlo de manera más reflexiva y pausada, pero tiene razón Serafín cuando afirma que el elemento clave es tomarlas.

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar