Libertad y prejuicios

Uno de los campos en que todavía a día de hoy dominan un sinnúmero de prejuicios ideológicos es el de la educación. En efecto, la libertad educativa, a pesar de los pesares, no se comprende por quienes tienen dilatadas las pupilas del conocimiento por el pensamiento único. Con frecuencia, confunden la obligación del Estado de facilitar a la ciudadanía los modelos educativos posibles con la segregación, con la promoción de la discriminación. Sin embargo, la Constitución es bien clara: los poderes públicos deben promover las libertades y la igualdad y remover los obstáculos que impidan su realización. Y en materia educativa, se reconoce el derecho fundamental de los padres a que sus hijos se eduquen en escuelas de acuerdo con sus preferencias morales o religiosas. Y no solo se reconoce, se garantiza, dice el artículo 27.3 de nuestra Carta Magna.
Garantizar la libertad educativa sería lisa y llanamente facilitar que cualquier padre pueda elegir la escuela de su preferencia para sus hijos. Sea pública, privada, en régimen de coeducación o de inspiración diferenciada. Para ello existe el llamado cheque escolar, una ayuda pública para hacer posible la libertad que ya existe en muchas partes del mundo. Que tal medida pueda dejar en mal lugar a la educación pública porque los padres mayoritariamente prefieran escuelas privadas para sus hijos no debe invalidar este sistema. Si la educación pública no es la preferida por los padres, lo que hay que hacer es mejorarla. Y no se mejora potenciando los privilegios de los sindicatos corporativistas, desincentivando a los directores o impidiendo la autonomía de los centros. 
Por ejemplo, en el Estado de Washington, a pesar de los intentos de los inmovilistas, el cheque escolar sigue su camino desde 2004. Miles de alumnos se han beneficiado de un modelo educativo que fomenta la libertad de elección y que, dónde las autoridades educativas están comprometidas con la mejora y la calidad educativa, propicia que la educación pública salga de ese letargo de burocratización e ideologización bajo el que acampan y se aproxime a parámetros de calidad y excelencia.
En contra de lo que el pensamiento oficial nos dice, resulta que donde se aplica, el cheque escolar, en las antípodas del elitismo, favorece, y de qué manera, a las familias de escasos recursos económicos. El caso de Washington, en el que los enemigos de la libertad han vuelto a perder, demuestra que estos padres, los que menos tienen, consiguen llevar a sus hijos a centros privados y parroquiales en los que la educación es de mejor calidad. La experiencia de este Estado de los EEUU acredita también, al menos así lo demuestran las encuestas, que la educación pública por vez primera en diez años empieza a mejorar. La competencia, cuando es sana, razonable, mejora los servicios. 
Para terminar, unas sencillas pregunta: ¿por qué por estos pagos tenemos tanto miedo a la libertad? ¿Por qué no se permite que los padres elijan de verdad? ¿Por qué se evita que los padres de escasos recursos puedan aspirar a una mejor educación para sus hijos? En fin, ¿por qué tanto interés en que la educación pública siga en los parámetros de calidad que todos conocemos? ¿No es mejor fomentar la libertad: que cada uno elija lo que mejor le parezca en un contexto de pluralismo?

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo

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