Mes de difuntos, castañas y cocido

Vicente Risco calificó a Galicia como “o país dos mortos” por considerar que, para los pueblos antiguos de la Península, Galicia fue ese “País ond´iban morar as almas dos difuntos”. Lo cierto es que aquí la devoción a los difuntos quizás sea la más importante de las que aún conservamos. Nuestros difuntos los recordamos todo el año con misas, rezos, sufragios y el cabo de año, además de tenerles reservado dos días especiales de culto, el “día de Todos los Santos” y el día “Fieles Difuntos”, el 1 y 2 de noviembre respectivamente, que forman ambos una única fiesta dedicada a los muertos.

En Galicia se pueden encontrar castaños a lo largo de todo el país, lo que facilita que una de las comidas ceremoniales que adquiere especial relevancia estos días es la del magosto tradicional de la que participan nuestra comunidad de vivos y muertos. De acuerdo con las creencias de los celtas, pueblo omnipresente en la cultura galaica, se celebraba el año nuevo, justamente cuando ahora celebramos el magosto o la fiesta del Samainn. Los muertos bajaban a las casas durante las noches. Las puertas se dejaban abiertas y la lumbre encendida para poder así mitigar el frío. Constituye una reminiscencia de sacrificios o ceremonias fúnebres que consistían en ofrendas alimentarias a las almas de los muertos familiares, de ahí que, entre nosotros, se tiene la creencia de que las ánimas, bajan a calentarse al lado del fuego del magosto.

A este respecto, nos recuerda Vicente Risco, que en muchos lugares de Galicia se ponía la mesa con todo el servicio para que viniesen a cenar los difuntos con sus familiares, aunque su presencia fuese invisible. También a media noche, entre Santos y Difuntos, algunas casas dejaban castañas sobre una mesa para que los familiares fallecidos pudiesen dar cuenta de ellas. En otros lugares se confeccionaba un pequeño “Pan das ánimas”, elaborado con harina de maíz, aceite y azúcar o miel, para comer el día de Fieles Difuntos, regalar a los niños o, a los curas para que rezasen por las almas de los muertos. En otras zonas era costumbre llevar pan y vino al cementerio para dejarlo sobre las sepulturas de los muertos el día de los fieles difuntos. Asimismo, también se colocaban a los niños rosarios o collares de castañas cocidas en la creencia de que por cada castaña que se comía se sacaba a un alma del purgatorio.

Las castañas del magosto también tienen su cantiga: “Non chas quero, non chas quero/castañas do teu magosto/ non chas quero, non chas quero/ que me cheiran a chamosco”; y su complemento actual: los sorbos de licor café artesano elaborado en la casa que en los magostos actuales nunca debe faltar.

Estos son también tiempos de cocido, de un buen cocido con jamón y lacón, carne fresca, tocino y chorizos, gallina y garbanzos, y por descontado, patatas. A la carne de cerdo (rey de la mesa), aún se le puede añadir oreja y hocico, y costilla. Y con el agua en que se coció la carne se puede hacer una excelente sopa. Comer un cocido exige una cierta calma, y un saber de la repartición de las sustancias en el plato. Tiene que estar bien escurrido, y ha de servirse muy caliente, acompañado de un buen tinto del país, el más sereno y graduado que se pueda.

Pese a todos los avances culinarios y las modas gastronómicas, las castañas y el cocido son platos de honra para los gallegos que están en las grandes fiestas y por lo que se ve también para los que ya no están con nosotros.

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