Pedro Sánchez padece la enfermedad del izquierdismo

Fernando Ramos

El gran periodista italiano Indro Montanelli, (sí aquel a quien Mussolini encarceló y al que años después las Brigadas Rojas dispararon en las piernas) desde su categoría moral y probada independencia de criterio, decía que en política hay varias clases de hombres. A saber: “los imprescindibles, los necesarios, los corrientes, los prescindibles, los innecesarios y los nefastos y perturbadores”. Basta con ver las informaciones y editoriales de los periódicos y las redes sociales para observar que al doctor Pedro Sánchez se le encuadra hoy en alguna de estas categorías y no precisamente entre las más positivas.
Hasta los medios más favorables a Sánchez le dedican críticas por el modo en que ha concluido el sorprendente acuerdo con Podemos, y sobre todo por la absoluta indefinición del verdadero contenido del repentino pacto, luego de lo que decía hace apenas unos días sobre Pablo Iglesias. Pero lo que el diario de Prisa subraya es que no se permitieran preguntas tan la buena nueva del entendimiento de dos personajes que en los últimos tiempos lo más suave que han dicho el uno del otro es que es, respectivamente, ambos son unos mentirosos.
Los panegiristas de Sánchez ponderan de su talante que no se siente concernido por sus palabras, sino por sus objetivos. Es decir, puede asegurar una cosa y hacer la contraria con toda naturalidad. Miente sin recato, consciente de que los demás nos damos cuenta de que miente y que él también conoce que sabemos que miente. Pero da igual.
Pedro Sánchez, que se dice socialdemócrata, padece el virus del «izquierdismo», por lo que se le puede aplicar aquello que decía el mismísimo Lenin: «Es la desviación en la línea política de un partido comunista que consiste en la ejecución de planes precipitados sin tener en cuenta la situación objetiva». En este caso, no sólo se ha desviado en cuestiones esenciales del que fuera en otro tiempo Partido Socialista, sino de lo que pregonaba como sus propios principios y bases de su pensamiento. Lo diré de un modo suave, no sólo es un frívolo, inestable y ambicioso. Es otra cosa.
Pero es que, aun cuando –si no fue posible un pacto de Estado con los partidos constitucionales, que parecía lo razonable en estos momentos, sin hurtar la propia responsabilidad de Casado y Rivera en que no fuera ni siquiera planteado por sus definidas postura de rechazo-, digo que, aun cuando la necesidad de salir de la situación de bloqueo acabara precipitando a Sánchez en los brazos de Podemos, al menos debieron explorarse otras opciones y explicar por qué se acabó tragando con lo que ayer se repudiaba.
Cierto que las hemerotecas son un pesado memorable que colocado frente a los nuevos consocios viene a decirnos lo poco que uno y otro son de fiar. Sánchez, sucesivamente, anunció que jamás pactaría con los populista, luego que era sus aliados naturales y finalmente que tenerlos en el Gobierno le quitaría el sueño. Ya se ve que no. Pero al menos, el vecindario tiene derecho a que se nos explique cuáles fueron las claves de la conversión y de qué caballo (o de que Falcon) cayó Sánchez para ver la luz donde antes sólo atisbaba tinieblas perturbadoras de su buen dormir.
Y tras la conversión, la parroquia variada se apunta al éxito: Bildu-ETA, Esquerra Republicana de Cataluña, la derecha católica vascongada, o sea, el PNV y el resto de los feligreses mueven ficha y poner precio a su acción u omisión para la felicidad de la nueva pareja que se abraza con cuasi pasión amorosa, como si toda la vida hubieran esperado este momento. El independentismo catalán ve su gran ocasión y convoca a Sánchez a volver a la mesa de negociaciones en el mismo escenario y decorado, incluido el “relator” y las famosas 21 exigencias o quien sabe que más.
Sánchez e Iglesias, estos dos muestra el aspecto más indecente de la política. Al margen de todo lo demás, El primero es el responsable de llevar al país a unas segunda elecciones. El otro, más inteligente, supo esperar. Y recibe su premio. Pero al margen de las emociones, conviene recordar las evidencias. Iglesias ha dicho ante los de Bildu que, “cuando se vayan de España” a él le gustaría ser cónsul en Euskadi”, y ha explicado que la organización terrorista ETA tuvo causas políticas, ha arremetido contra la Constitución que ahora invoca tanto. El próximo vicepresidente del Gobierno partidario no sólo del derecho de autodeterminación, de la nacionalización de la banca y sectores estratégicos como la energía y de la insumisión fiscal a Bruselas. Va a tener mucho poder, visibilidad y capacidad para colocar a los suyos, en posiciones estratégicas dentro de la Administración.  Y hay un dato relevante, al conocerse el pacto PSOE-Podemos, el Ibex agravó sus caídas en la peor jornada en mes y medio. Día complicado en la Bolsa española que se quedó muy rezagada del resto de Europa, tras el tierno abrazo de Sánchez e Iglesias. ¿Pudo ser una coincidencia?

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