El abrazo del oso

Abrazos hay de varia clase y condición: más o menos efusivos, sinceros o fingidos, de bienvenida o despedida, normalmente de cariño al menos en nuestra cultura. Pero existe también el llamado abrazo del oso, así conocido porque quienes mejor lo practican son tales grandes animales.

Como se sabe, en éste uno de los abrazantes suele ser más alto y ancho que el otro y su apretón, por lo tanto, aunque en principio amistoso, resulta fuerte y arriesgado. Los amigos de las aventuras de Ásterix recordarán cómo los abrazos de Obélix destrozaban las costillas de sus adversarios romanos.

Pues bien, aplicado a la política, el llamado abrazo del oso encierra una trampa. Hace referencia por analogía a los Gobiernos de coalición donde los partidos bisagra o escolta suelen salir más que escaldados de la experiencia.

Socialdemócratas en Alemania y liberales en el Reino Unido pueden dar buena fe de ello. Al final, en urnas y opinión pública termina imponiéndose el más fuerte, mientras que el más pequeño se ve condenado a iniciar una más o menos larga travesía política del desierto.

En España no tenemos a escala nacional experiencia de gobiernos de coalición. En comunidades autónomas, sí. No muchas, pero cada vez más. Normalmente no han llegado a feliz término porque cuando se otean nuevas elecciones, alguno de los socios se levanta de la mesa con cualquier pretexto para así sacudirse culpas ajenas y poder desarrollar sin servidumbres las estrategias preelectorales que procedan.

En nuestra Galicia el bipartito PSdeG y BNG aguantó los cuatro años de la legislatura (2005-2009), pero a base de funcionar mal que bien cada cual por su cuenta. No obstante, se cumplió la maldición del débil: desde los trece diputados autonómicos de entonces, los nacionalistas andan ahora en los seis.

Como bien se sabe, está anunciado para no tardando un Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos. Y ya ha tenido su abrazo: un intenso apretón entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, casi obsceno y consagrado con un testimonio gráfico que por su elocuencia pasará a la historia de nuestro sistema político democrático.

Con sólo su anuncio, el pacto ya ha metido miedo. Incluso en las propias filas socialistas, por no hablar del mundo económico empresarial. Y es que no hace falta ser analista muy perspicaz para concluir que Podemos, lejos de moderar, va a excitar todavía más las ya conocidas propensiones del PSOE de Sánchez hacia las políticas de izquierda radical.

Son las que, como se dice, le pide el cuerpo: subida de impuestos, incremento del gasto, rigidez en el mercado laboral, aumento de pensiones inasumible por un sistema en quiebra cual es el que tenemos. Y todo ello, a costa de un mayor endeudamiento público.

Lo que ya no está tan claro es cuál de ellos puede ser considerado como el más pequeño y, a la postre, el perdedor a medio plazo. Pero muy mucho me temo que no va a ser precisamente Unidas Podemos. Al menos, su tenaz líder Pablo Iglesias ha logrado lo que pretendía. Sánchez, sin embargo, ha perdido toda credibilidad. No sé si no habrá dado un tiro en el pie del propio partido. Porque ¿queda algún español que a estas alturas pueda fiarse de él?

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