El milagro portugués

«Cuente vuesa merced su historia como debe, que ya sabe que toda comparación es odiosa, y así, no hay que comparar a nadie con nadie». Esto dijo Don Quijote a Montesinos cuando quiso comparar a la bella Belerma con la sin par Dulcinea del Toboso. Líbreme Dios de contradecir al Hidalgo de la Mancha, pero a veces las comparaciones son ilustrativas y muy oportunas, como en el caso de la situación política de Portugal y de España. 

Los portugueses no dieron mayoría absoluta, pero respaldaron la gestión del socialista Antonio Costa que redujo y controló el déficit público y la deuda, situó el paro en el 6,2 por cien y el paro juvenil en el 17 por cien –España dobla estas cifras–, la economía creció por encima de la media europea y dio estabilidad al país. «Seguimos lejos del paraíso, pero en esta legislatura logramos salir del infierno de la troika y de las políticas sin sentido social que solo causaban sufrimiento y pobreza», me dice un periodista de Oporto, que conoce bien España. 

Con él coinciden más analistas. Costa se adornó de la prudencia del buen gobernante, aplicó el pragmatismo sin alharacas, cuestionó la austeridad, pero cumplió con las directrices de Bruselas, y aplicó políticas prudentes de gasto. Es decir, no gastó más de la cuenta. «Pueden estar tranquilos, no somos santos milagreiros, pero somos un Gobierno responsable», dijo en uno de los últimos mítines de la campaña electoral. Es un ejemplo de gestión realista que no sucumbió a la tentación de las frivolidades ideológicas o a las promesas imposibles y situó a su país en la senda del progreso.

Tras las elecciones, el mandatario portugués buscará los apoyos puntuales para gobernar, acometiendo reformas y medidas pendientes que mejoren la vida de los ciudadanos. Como es natural, sus socios anteriores pondrán condiciones y exigencias, pero volverá a haber acuerdo en Portugal. El talante negociador de Costa y la «buena disposición» de los partidos de izquierda lograrán dar al país «un gobierno estable para los próximos cuatro años». Ese es el compromiso de todos. 

En más de la media España, paralizada políticamente, y en toda Galicia se siente sana envidia de la madurez de los políticos lusos que anteponen la estabilidad y gobernanza del país a sus intereses partidarios y personales para formar gobierno y consolidar el llamado milagro portugués, milagro económico y político. 

España es diferente, aquí no fue posible el acuerdo y el país sigue bloqueado. Pero eso merece otro comentario.

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