El cinismo

El cinismo es un condimento que nunca ha faltado en la cocina de la vida pública. Cuando Maquiavelo lo filosofó en “El príncipe” no estaba creando una nueva teoría política, como se enseña. Al contrario, se limitaba a retratar una ancestral realidad donde él vivió, de la que se benefició y sufrió. Su libro podemos considerarlo un simple tratado de cinismo, siendo bienintencionados y biempensantes. O también si, además, somos crédulos y no queremos acreditar que “la política no tiene relación con la moral”, o que “los príncipes y gobiernos son mucho más peligrosos que otros elementos de la sociedad”. Duele pensar que, quinientos años después de escritas esas sentencias, veamos todos los días como Maquiavelo está vigente. La diferencia entre aquellas prácticas del pasado y nuestra actualidad solo reside en la transparencia o manipulación de la información inmediata. La gestión pública de hoy únicamente se distancia del ayer remoto en el impacto difusor sobre la sociedad global.

Quim Torra, el príncipe catalán y su discurso independentista, puede no disentir un ápice de la política manipuladora de los Médicis –quizás le falte el logro de encumbrar algún papa-. El descaro, con el que pregona el pacifismo de sus anacrónicas teorías independentistas, y a la vez el apoyo al grupo del CDR descubierto manipulando explosivos para “hacer ruido” cuando se conozca la sentencia del “procés”, podemos valorarlo gracias al conocimiento de las dos realidades en un tiempo récord. La falacia de las manifestaciones pacíficas choca con las agresiones a los medios de comunicación, como acaba de sucederle a un equipo de Telecinco en vivo y en directo. Y no es una excepción. La hipocresía política moderna necesita del control de los medios tal como dejó dicho el rey Alfonso VII en el siglo XII: “Lo importante no es ganar la batalla, sino tener al cronista de nuestra parte”. Pero los independentistas catalanes apenas sí cuentan con simpatía en los medios de comunicación. Por tanto, aspiran a suplirlo con la censura y con “pacíficas” agresiones.

A quienes siempre vimos en Cataluña una estrella polar, para navegar hacia el progreso, nos duele el suicido al que se encamina. Sin embargo, los promotores de semejante andadura, juegan con el viejo mito de ser héroes o mártires. Si triunfan habrán ganado la gloria. La historia está plagada de príncipes inútiles o malvados con monumentos en todas las plazas de sus ciudades. Si fracasan serán relegados al capítulo del martirologio. Serán felices con cualquiera de los dos resultados. Pero mientras dura el sueño poco importa el sufrimiento de la ciudadanía. Quedó descrito por Maquiavelo: nada de moral y mucho peligro. Aunque él no dejó dicho, como pienso yo, que las sociedades avanzan incluso a pesar de sus dirigentes.

Y en esa bolsa de líderes será justo reseñar a los príncipes enemigos de la independencia. Los cuales, desde la confrontación, pretenden apagar el fuego echándole leña. Cultivan otro cinismo igualmente desvergonzado, el de los salvadores ungidos, quienes esgrimiendo espadas pregonan la paz, y promueven la sinrazón de la fuerza bruta con las tablas de la ley en ristre. Esos cínicos oponentes, desconocen el sentido común que debería ser patrimonio de los buenos políticos modernos. Y, para nuestra desgracia, mal usan otra sentencia maquiavélica: “Nunca intentes ganar por la fuerza lo que puede ser ganado con la mentira”. Ahí el cinismo independentista, metidos en la misma pista, les lleva ventaja.   

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