El guiño de la Luna


En alguna de sus clases, el profesor universitario, Miguel de Unamuno, dijo a su alumnado aquello de «miremos más que somos padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado». Eran aquellos tiempos incendiarios para nuestro país, con el oportuno engrosamiento de los idearios  tan propensos a la radicalidad de razones que alguien debía mantener un pulso para la inteligencia. Bien cierto es que para ello, él, a la primera de cambio, tuvo que escuchar de boca de lo más rancio del momento aquello de que muera la inteligencia. Posiblemente sea el resumen más paradigmático de lo que fuimos para seguir retorciendo nuestra existencia en lo que somos.
Vivimos en un extraño aleteo de extremidad superficial, donde el sectario calienta motores y los tolerantes parecen experimentar un extraño insomnio en las horas más oscuras de nuestros días. Aceptando que, finalmente, ha ganado la sociología estadística, que con la brujería del marketing sabe de resultados y marcadores, volvemos a la casilla de salida en este tablero democrático que tantos agujeros empieza a tener de tanto apostillarlo con los argumentos cansinos de siempre. Será que como decía el controvertido profesor, seguimos mirando el pasado como un imán de inmovilismo y con esa extraña consagración a continuar manteniendo el perfil de lo que fuimos y olvidando la posibilidad de cambiar tantos harapos. 
Ciertamente, no somos capaces de identificarnos en estos tiempos donde la partitocracia parece ser el emblema para crear obstrucciones en la resolución de los problemas. Mientras unos se espantan de las posibles soluciones, los propios solucionadores se olvidan de la práctica y entran en la eterna discusión del oponente. Se juega con lo que se da por supuesto que piensa la mayoría, sin hacer ni un pobre petitorio de opinión a los conciudadanos, y antes de llegar a la rectificación inician la retahíla de eslóganes que inaugurarán un nuevo devenir electoral. 
Algunos volverán a dormir tras el trabajo buenista de no dejarse llevar hacia coaliciones que, parece ser, crearon miedos desde el principio. Otros desearían haber contado con una mayor experiencia para no truncar los sueños despiertos  de los que nunca tuvieron la oportunidad de dormir bien. Mientras tanto, pienso en la eterna vigilia de los protagonistas del último macabro asesinato de la violencia machista, con un marido, padre y abuelo que, arrebatado de tanto, quedará en el desvelo de sus propios nietos. Unos nietos que dejarán parte de su infancia anclada en el peor de los padres de la historia imaginativa. Tantos pesares para seguir escupiendo contra una realidad que hace añicos la conciencia para seguir contaminando la realidad que nos afea a todos. Al final será todo una estrategia sirviéndose del feminismo para seguir negando lo que mata y esclaviza, que es el machismo. Una arriesgada variante para enfrentar  el día y la noche, como realidades contrapuestas. Terrible error para estos tiempos tan hartantes de padres pasados y tan faltos de hijos de futuro. Sin embargo, la realidad es la apremiada existencia de este tiempo que obliga e impone a cada uno de nosotros. Y no será tan difícil acertar si somos capaces de dirigir menos las palabras y darle una oportunidad al buen mirar. Con un poco de suerte, nos estará esperando algo más allá del día y la noche, algo más mágico que el pasado y el futuro. No es difícil. Es la luz esclarecedora de este ahora que nos queda en un guiño de la luna nueva.

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