Gentrificación y turistificación

Asisto con indisimulada preocupación a las muchas noticias que surgen acerca de la presión que sufren algunas ciudades por el crecimiento incontrolado del turismo, y pienso en algunas cercanas donde algunas señales apuntan en ese sentido. Cierre de comercio tradicional, alquileres disparatados, etc.   

No importa si se vive en un nudo de autopistas, o rodeado de turistas de despedida de soltero, sea como fuere, lo probable es que la ciudad se publicite por el mundo como el paraíso de la movilidad sostenible, el hervidero cultural y el nido de emprendedores que no es. Todas invierten recursos en crear marcasnada diferenciadoras, que hace que cada vez se parezcan más, y que al viajar tengamos la sensación de encontramos los mismos cafés, las mismas tiendasy los mismos espacios públicos. Asimismo, son peligrosas las estrategias de marca ciudad pensadas sólo para turistas e inversores, porque producen un proceso de mercantilización urbana, impulsado por la inversión extranjera y el turismo masivo que convierte a muchas de esas ciudades en offshore inmobiliarias. 

Las ciudades con sus políticas públicas han creado lo que se podría denominar una “ideología del turismo”, que tiene como objetivo el crecimiento indefinido del número de visitantes, con la idea de que es algo que favorece a toda la comunidad (más promoción, más visitantes, más beneficio). Y es aquí donde surgen los problemas.

Con la aparición de las compañías de bajo coste, las aplicaciones, y la sustitución del mes de vacaciones en verano por periodos cortos a lo largo del año, se ha favorecido la búsqueda de destinos secundarios para escapadas de fin de semana o puentes, provocando “gentrificación” turística.

En este contexto, esa masificación turística o “turistificación” trae un conjunto de cambios en la geografía social de muchas ciudades. En primer lugar, la pérdida del espacio público, que ha pasado de ser lugar de convivencia paraalquilarse a terrazas de bares y restaurantes, lo que supone una pérdida importante en culturas como la nuestra, acostumbrada a la vida en la calle y a usar plazas y parques para socializarse. En la plaza Real de Barcelona, por ejemplo, hay 1.300 sillas en terrazas y sólo 9 bancos públicos para sentarse. 

En segundo lugar, la desaparición del comercio tradicional y su sustitución por locales para los visitantes es otro elemento de conflicto. Esto afecta a los ciudadanos que no pueden afrontar la presión de los nuevos precios y la pérdida de los servicios que necesitan para su vida diaria. Mercados populares convertidos en atracciones turísticas, tiendas de comestibles que pasan a ser franquicias de comida rápida, etc.         

El auge de los apartamentos turísticos dificulta también que los residentes accedan al mercado de alquiler, lo que produce procesos de gentrificación que a la larga llevan al abandono de barrios históricos. Esto debe evitarse con políticas que apuesten por un turismo menos masificado, limitando el número de hoteles y pisos turísticos, o controlando las licencias comerciales. Asimismo, debería estimularse la vivienda pública en alquiler para que tenga el peso suficiente en el parque inmobiliario y pueda influir en el precio de mercado.

El objetivo es trabajar en un nuevo modelo de ciudad pero, en fin, ahora mismo no hay ningún caso de éxito que imitar, entre otras cosas, porque nadie quiere renunciar a esos números macros que tanto lucen.

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