Límites y protocolo

Resultan sorprendentes los análisis y explicaciones sobre el incidente protocolario con la representación iraní que visitó el Congreso de Diputados. El protocolo no sólo debe ser didáctico, sino expresión de la propia cultura. La Carta de las Naciones Unidas establece que todas las naciones, grandes o pequeñas, tienen el mismo rango y dignidad en la sociedad internacional, y el principio de la soberanía impone el respeto de todos los Estados que forman esa sociedad a las particularidades culturales compatibles con ese marco de dignidad e igualdad.

Incide este asunto en la vieja controversia sobre el choque de culturas y civilizaciones nunca resuelto. En el ámbito del protocolo de Estado y la diplomacia existen determinados puntos de confluencia, zonas de intercambio y los principios irrenunciables que, desde el punto de vista del protocolo se deben mantener. Hay puntos donde todas las culturas más o menos se acercan o intercambian modalmente, pero hay líneas que ni se pueden ni se deben pasar.

Resultan insólitas las actitudes de quienes olvidan el deber de las instituciones de defender los valores de la cultura occidental y ceden o pretenden que se ceda en los encuentros con los exponentes de culturas ancladas en el Medievo o que sufragan principios que suponen el retroceso de siglos. Sólo las sociedades resultas saben hacer frente a situaciones como las que frecuentemente se producen en Occidente por parte de representaciones de cultura musulmana que pretenden imponer sus propias normas cuando nos visitan. En este sentido, insistimos en aprovechar la existencia de zonas de convivencia; pero no es posible ir más allá cuando se cuestionan principios básicos de la Sociedad Occidental, especialmente en lo que se refiere a la Mujer y el conjunto de los Derechos Humanos.

Una entidad del Estado, donde reside la soberanía nacional debe ser el exponente de los valores de esa cultura en todos los sentidos. Resulta estimulante ver a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, quien durante una visita a Arabia Saudí cuando era ministra de Defensa. Desafió a las mentes cerradas saudíes y se plantó en el palacio del príncipe heredero vestida con un traje de chaqueta y pantalón y el pelo al aire. Y hasta llegó a decir que vaya donde vaya ella elige su atuendo. En cambio, es usual que las ministras del PSOE, tan progres en ocasiones, se calzan el velito cuando la ocasión lo requiere en visitas a tierra de moros, pero acude con natural desparpajo a visitar al Papa, bien rivalizando en colores con los cardenales o con el mismo Papa.

Si los iraníes nos vistan no tenemos por qué tapar los desnudos de nuestra cultura clásica y si ellos no quieren der la mano a las mujeres, las señoras diputadas deben tratarlos con la disciplente cortesía que merecen desde la altura de su propia dignidad. Ni cesiones ni paños calientes. Ellos siguen en la Edad Media. Nosotros no. Y nuestras mujeres menos.

Cualquier persona que conozca el mundo musulmán sabrá que, con frecuencia, los rigores ocultan pura hipocresía. El gran maestre sala del comedor del Palacio Real me contó que ya en tiempos de Franco y posteriores, en las recepciones con presencia musulmana se servía vino de modo natural en jarras como si fueran té u otra bebida.

Recientemente asistí a la botadura en Vigo de un barco par Qtar. En la comida no se sirvió vino, pero tan pronto se fue la mujer que representaba al Gobierno, el resto de los comensales musulmanes empezaron a libar todo tipo de licores, ginebras y vinos. He estado en actos con muslines de diverso grado y no recuerdo ninguno donde antes o después no se llenaran las copas. Alá es grande.

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