La importancia de nuestro tiempo

En alguno de sus célebres parlamentos políticos, el primer ministro británico Winston Churchill dijo que «el problema de nuestra época consiste en que sus hombres no quieren ser útiles sino importantes». Tiempos del siglo pasado que parecen resurgir de las cenizas en estos presentes, en los que deambulamos por estas cosas de la obligación vital de vivir. La semana, como buen inicio mensual, resucita horarios y prisas mientras nos aderezan esta agenda diaria de los dimes de siempre y los diretes más obtusos con los que nos serviremos para hacer la chirigota del día. De alguna manera, el célebre estadista británico erró en la temporalidad de su reflexión porque en estos tiempos tan ciberactivos nuestra utilidad queda sesgada a la importancia y a la repercusión de ese inquietante público universal del que nada conocemos pero que nos adentra al autoregocijante mundo de los importantes. 

La utilidad de cada uno de nosotros queda predestinada al hacer y que nos paguen por hacerlo, amolando siempre ese desafiante instinto de tener más para ser más, olvidando que en cada acción de lo que tenemos al lado se esculpe parte de la existencia equilibrada del resto, y que el fallo de alguno de los eslabones conlleva el vértigo del desconcierto. Y para seguir en esos andares tenemos el ejemplo diario de quienes nos representan en esta gobernabilidad viciada de personalismos y acechante de conjuras. Poco podemos hacer ante la falta de utilidad de tantas reuniones obtusas y cacareos de los adversos. Por el contrario, dan de comer cientos de titulares para el mantra informativo de la actualidad.

Mientras tanto, los problemas diarios de este enjambre social siguen siendo los mismos, solo aderezados con la propaganda del pensamiento más oportunista del momento con su generador de bulos tan propio de estos tiempos. Y es que la importancia sigue siendo el estar en la cresta de la ola aunque nuestra carambola no ofrezca ningún nuevo beneficio a la utilidad de este planeta. Poco o nada dirá de nosotros esta época de tantas incertidumbres y dominios más allá del respeto  a quienes nos rodean.

Desde la absurdez de basar nuestros valores de acuerdo a los apellidos de lugar, religión o ideario como garantía de verdad absoluta, hasta el seguidismo a los incondicionales hinchas de las nuevas estrellas de la política universal. Y todo ello mientras los problemas que se repiten cada día siguen pudriéndose en nuestras cunetas vitales a la espera de que en algún momento nos devoren por inacción.

Nada hemos resuelto a pesar del pasado maratón de elecciones y de situar a nuevos cargos para representarnos en tantas instituciones que creemos importantes para todos. La inutilidad puede ser uno de nuestros peores pecados en esta actualidad que crea demasiadas desdichas y arroja poca esperanza en el tiempo. Lo importante es que, mientras algunos siguen en la trascendencia de sus siluetas, la mayoría seguimos huérfanos de la utilidad de tanto tiempo perdido. O, a lo mejor, demostramos la certeza sobre la teoría del éxito de Churchill, y gracias a aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse, llegaremos a la culminación de un mundo mejor.

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