Ante el espejo

CONSTRUIMOS nuestra visión del mundo con las creencias y percepciones sobre las muchísimas cosas que este contiene. Una de ellas somos, por supuesto, nosotros mismos. Y la visión que cada uno tiene de sí mismo dibuja una parte (y sustancial) de su retrato del universo.

Parece deseable que nuestro retrato del mundo sea objetivo, es decir, que responda, en la medida de lo posible, a la realidad de los hechos. Alejarse de la objetividad supone sustituir el mundo real por otro ficticio, donde lo que las cosas son y lo que nos parecen ser no van de la mano.

Ser objetivo parece especialmente importante en lo referente a nuestro autorretrato, en cuyo trazado uno puede extraviarse tanto por exceso como por defecto. En un extremo tendremos a quien se juzga adornado de valores o cualidades que poco responden a la realidad. En otro, a quien ignora o menosprecia las que le adornan y resalta de manera desproporcionada sus defectos y límites.

Podría uno pensar en que son grupos de tamaño equivalente, pero tengo para mí que quienes se tienen en mayor estima de la que los hechos justifican superan, en mucho, a sus antagonistas.

Ejemplos tenemos por doquier, sobre todo en la esfera política. Hasta se ha acuñado un término para aludir a los aquejados por tal mal: el efecto Dunning-Kruger, un sentimiento de superioridad ilusorio de individuos de escaso talento (proporcional a la pequeñez de este).

Claro que también tenemos su envés, el síndrome del impostor, que aqueja a quienes no se creen merecedores de su éxito y se sienten, injustamente, un fraude. Como casi siempre, la virtud debería buscarse en el justo medio.

Pongámonos ante el espejo y atengámonos, honestamente, al reflejo que nos devuelva. Hacerse a diario un selfie sin Photoshop e intentar que este nos muestre una imagen cada vez mejor me parece un saludable programa de vida.

Escritora

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