Trump quiere más

A Donald Trump le va la marcha. Nada nuevo. Bien lo ha demostrado en sus dos años y medio de mandato. Si no es por una razón o sinrazón es por otra. El caso es que parece haber descubierto que las batallas de cualquier índole son sus mejores armas en la arena política.

Es capaz de romper asentados acuerdos internacionales y cuestionar el multilateralismo dominante con la misma rotundidad y frecuencia con que insulta a sus rivales en el Capitolio, critica a la Reserva Federal o hace frente con contundencia a la ola migratoria que le viene encima al país. Esté o no en campaña electoral.

Su última sorpresa ha sido la idea de comprar Groenlandia a Dinamarca. Se trata de la isla más grande del mundo (Australia es considerada como la parte continental de Oceanía), ubicada en la zona nororiental de América del Norte, entre los océanos Atlántico y Ártico, con un 77 por ciento de su superficie cubierta de hielo, una población de 56.000 habitantes, rica en recursos naturales y, sobre todo, de importante valor estratégico. Políticamente es desde 2009 territorio autónomo con amplias competencias salvo en relaciones exteriores, defensa y política monetaria, que administra Dinamarca.

Tal propósito ha sido acogido con una mezcla de indignación, incredulidad y estupor. Incluso a no pocos les pareció una broma de mal gusto. Pero lo cierto es que el mandatario norteamericano no pretende nada novedoso. Finalizada la segunda guerra mundial, ya su antecesor Harry Truman ofreció a Dinamarca 100 millones de dólares por la isla. Y a lo largo de su historia Estados Unidos ha comprado tres grandes territorios: Luisiana a Napoleón en 1803, Florida a España en 1819 y Alaska a Rusia en 1867, amén de las rebautizadas Islas Vírgenes a la propia Dinamarca en 1917 para protegerlas de una eventual invasión alemana.

Lo que sucede es que, como ha dicho la joven primera ministra, Mette Frederiksen, los tiempos en que se podían comprar países y pueblos han quedado atrás. Y más por el tono que por la negativa a sentarse a negociar, a Trump no le gustó nada que tanto ésta como las autoridades de la isla hubieran calificado de “absurda” la propuesta. “Así, vino a decir, no se trata a Estados Unidos”.

La reacción no se hizo esperar y en una de sus clásicas arroutadas, a golpe de tuit suspendió o aplazó hasta mejor ocasión la visita al país prevista para los primeros días de septiembre, invitado como estaba por la propia reina Margarita II. Un desaire excesivo, que no ha hecho más que agriar la controversia.

Desde la óptica de la Casa Blanca la operación no resulta ni anacrónica ni absurda, sino que habría resultado de interés por razones económicas y estratégicas. Conocida es la importancia del Ártico para el control del tráfico marítimo y aéreo y de eventuales movimientos militares. Y de lo que pueda venir, como la central nuclear flotante rusa que va camino de aquellas gélidas tierras y que comenzará a funcionar en diciembre. El “Chernóbil flotante” que ya temen los ecologistas.

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