Paros veraniegos

Época de vacaciones, época de paros en el transporte de viajeros. Este podría el más atinado resumen de la situación que estamos viviendo estos días. Al paso que vamos, el tiempo de puentes y vacaciones no estará marcado ya por los calendarios laborales oficiales de turno, sino por el almanaque de huelgas con que por estas fechas, un año sí y otro también nos abruman los sindicatos del sector.

Operación salida y operación regreso. Por tierra, mar y aire, debidamente salpicado todo a lo largo de las jornadas clave para así crear la mayor distorsión posible a los usuarios y la consiguiente mayor presión posible sobre las empresas prestatarias del servicio. Si no es un colectivo determinado el convocante, es otro de los varios constituidos. Siempre hay alguno que llama a la movilización.

En el sector aéreo, por ejemplo, si no es el personal de cabina, es el de tierra; si no éstos, el de los vigilantes de seguridad. Siempre, como digo, hay alguien, cuando no sucede lo peor: que concurran todos a la vez. Los pilotos, por cierto, andan también estos días pensando a ver qué hacen.

En este sentido el aeropuerto barcelonés de El Prat está siendo una vez más y por desgracia emblemático. Y es que mientras las compañías preveían un verano conflictivo por la congestión del tráfico europeo, que de momento se está sorteando, los problemas han llegado de la mano de colectivos profesionales con asuntos laborales pendientes. Y no sólo por eso. También están sobre la mesa decisiones estratégicas de alguna compañía, como el cierre de bases en Canarias, que conllevaría la supresión de algún centenar de puestos de trabajo.

Entre los trabajadores se asienta allí el argumento de que las instalaciones están infradotadas respecto a las madrileñas de Barajas, donde las cargas de trabajo -alegan- son más mucho más llevaderas. Además, los agentes implicados achacan la desigualdad a las diferentes características de los dos aeropuertos. Barajas es mucho más extenso en superficie y con más vuelos de largo recorrido y aviones grandes. Por su parte, Barcelona está más concentrado y tiene un alto porcentaje de compañías de bajo coste. El hecho es que está siendo este un verano complicado. Mediaciones y negociaciones para terminar con el caos operativo reinante en ocasiones, han fracasado.

De todas formas, el usuario habrá echado menos una actitud más decidida de la Administración para poner algún remedio o paliativo a esta sistemática perturbación de un servicio público como es el que nos ocupa, clave siempre, pero más en tiempo de vacaciones y de especial movilidad ciudadana. Ahí está pendiente, por ejemplo, el preceptivo desarrollo integral del derecho a la huelga que consagró la Constitución y que en este sector parece poco menos que ilimitado.

Muy seguramente más de uno habrá también echado de menos una actitud similar a la del vecino -y progresista- Gobierno portugués en la huelga que hace muy poco plantearon los transportistas de gasolina. Menos de diez horas después de que se iniciara y ante primer incumplimiento de los servicios mínimos, el Ejecutivo decretó el estado de alerta energética y recurrió al Ejército para asegurar el servicio básico. La mano dura funcionó.

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