Los hijos de la tierra


Decía el padre de la ciencia, Galileo Galilei, que «la mejor ciencia no se aprende en los libros; el sabio más grande y el mejor maestro es la Naturaleza». Y repensando esta cita he llegado a conspirar conmigo misma que, tal vez, este deterioro inmenso hacia lo que nos rodea venga innegablemente de las manos de esos que prefieren más ignoracia para un mejor control. Una actitud preferible para seguir rentabilizando un comercio brutal de excesos para reocultar lo que siempre ha pertenecido a todos por igual. Que mejor manera de seguir manteniendo posiciones de poder, si cualquier día nos impondrán peajes para respirar el poco oxígeno que nos quede.

A nivel internacional nos bombardean con la necesidad de cambios en nuestras costumbres, es decir, reciclar la basura que producimos y achicharrando con normativas para no seguir siendo mugrientos con nuestro entorno. Eso si, sin darnos cuenta que lo somos a partir de todos esos estupendos productos no reciclables que llevan décadas metiéndonos en nuestra cestas de la compra. Así cerraron las cesterías y los hojalateros que sabían de recipientes de infinidad de usos o esos geniales vidrieros sopladores que jugaban con el tintineo del buen hacer. Nada de ello volverá a nuestras manos, dejando este vivir en el planeta en las zarpas de tanta incertidumbre inoperante. Y como cada año, vuelve la cita hacia el descrédito de las políticas de prevención medioambiental, con sus consecuentes macroincendios que, como siempre, terminan con esa coletilla de no tener que lamentar víctimas mortales, a pesar del impacto mortífero hacia todo lo que nos rodea. Mercantilizar la vida es lo que tiene. Sigues valiendo por lo que tienes, no por lo que eres. Y hasta las ciberempresas se frotan las manos con los millones de impactos virtuales de tantas catástrofes, cientos de likes a tanta denuncia desmedida, mientras estamos de luto en una pequeña comunidad virtual porque a un buen amigo le han envenenado a su pobre gatete en plena España vaciada. Esa que tampoco se libra de contaminaciones y productividad química para acabar con los equilibrios propios y necesarios de nuestra querida tierra madre.

Y así seguiremos viviendo, rodeándonos de contenedores que cualquier día preludiarán un plomizo arco iris como metáfora de la sociedad en la que nos hemos dejado convertir. Tantas prisas en los andares, nos han dejado mirando demasiado asfalto, mientras en las cunetas dejaban de crecer hermosos hierbajos que sabían a los bichines que nos acompañaban en este recorrer la vida. Hemos dejado que nuestra prole cambie el columpio de cuerdas en la rama del hermano árbol para diseñarles vaivenes de PVC y hemos olvidado beber «a morro» en nuestros ríos para monetizar el consumo de ese oro líquido que no sabremos hasta donde llegará.

Decía el gran jefe indio Seattle,de la tribu Suwamish a mitad del siglo XIX , en aquellos tiempos en lo que Estados Unidos también compraba tierras, «que todo lo que le ocurra a la tierra,le ocurrirá a los hijos de la tierra». Ellos,como tribu, ya son historia, pero tal vez, tenía razón en aquellas cuando presagiaban que la tribu blanca «pasará más rápido que todas la tribus anteriores. Contaminen sus camas y un día serán sofocados por sus propios desechos». A estas alturas, de todo aquello nos queda el estado de Washington, una genial alegoría para los rematados tiempos que nos quedan por vivir.

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