Economía y sensibilidad social (y II)

Entre sus estudios sobre la teoría de la elección social, destacan los que se ocupan de las medidas de la desigualdad y del modo de definir principios para la comparación del bienestar de los individuos, en los que el premio Nobel defiende la necesidad de basar las comparaciones no en la simple medida de los ingresos individuales, sino en las oportunidades que proporcionan esos ingresos. 

Las investigaciones más interesantes del profesor Sen quizás sean las centradas en el origen del hambre. Para Sen, las hambrunas no se deben a la falta de producción de alimentos o a las catástrofes naturales, sino a estructuras sociales –falta de democracia o de libertad de prensa– que impiden el control político de los gobiernos. 

En efecto, como escribe Sen, “el hambre no ha afligido nunca a ningún país que sea independiente, que convoque elecciones con regularidad, que tenga partidos de oposición para manifestar las críticas y que permita que los periódicos informen libremente…”. 

Es decir, la democracia entendida como punto y aparte gran movilización colectiva, impide, o debe impedir que se den crisis de hambre generalizada. ¿Porqué? Sencillamente, porque si no hay elecciones, ni lugar para una crítica pública libre, los que tienen la autoridad no tienen por qué sufrir las consecuencias políticas de su fracaso en la prevención de hambrunas. Y, sobre todo, porque cuando se conocen a tiempo los primeros síntomas, se puede reaccionar con diligencia. 

En sentido contrario, nos encontraríamos con el caso de China en la hambruna de los 60 en la que fallecieron veintinueve millones de personas. 

Para SEN, la falta de libertad de prensa confundió al Gobierno, alimentado por su propaganda y por los informes de las autoridades deseosas de hacer méritos: así, existen datos que demuestran que cuando la hambruna llegó a su cenit, las autoridades chinas creían que tenían 100 millones de toneladas más de cereales de las que tenían en realidad.

Por tanto, una posible solución a los problemas de nuestro tiempo, proviene de aplicar el pensamiento compatible en un marco democrático de profunda humanización de la realidad. Economía y justicia social no solo no son incompatibles sino que hoy precisamos que se emtremezclen y entrecruzen. 

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo

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