El ecuador de los imposibles


Rebasamos a ese ecuador de las mensualidades, esa mitad más uno que te va llevando a un pronto acercamiento a lo cotidiano, a la realidad desnuda de minutos en silencio para reiniciar la marcha en pos de las necesidades de siempre. Hay muchos ecuadores en esta vida nuestra, en donde se atrapan décadas y trayectos que van marcando los siguientes pasos, como aquellos 40 años que decia García Márquez, que «lo mejor que había aprendido era a decir no cuando es no». Hermosa actitud tan necesitada en nuestros tiempos, pero que se vuelve quimera entre este fango de buenas caras para convencer siempre al que pregunta y se olvida de repreguntar. Cuanta libertad de pico para tan desdichada falta de verdades…

Sin embargo, tenemos más mitades en el tiempo que ahogan muchos presentes, demasiadas acciones pendientes que agrietan cualquier estrategia solidaria con nosotros mismos y los demás. Poco de lo bueno que tenemos han recibido los desplazados salvados por el Opem Arms, con la mirada en tierras de Lampedusa a ritmo de la zozobra del mar. Y todo, a pesar de pronunciamientos jurídicos, vocerío institucional y posiciones de una sociedad que naufraga en cada uno de estos espectáculos soberbios del siglo XXI. Tampoco lo es a pesar de los testimonios de médicos que trasladan el esperpento por el que pasan estos compañeros de la vida, a quienes nunca le ponemos nombre ni palabra. Manos rotas a martillazos, violaciones de mujeres, palizas, hambre y… tanto miedo.

Cualquier estudio psicológico lo pondría en el peldaño más extremo sobre vidas rotas y difíciles de recuperar. Dónde habrá quedado ese deber natural de salvar la vida, dar de comer y, después, a ver qué podemos hacer. Malos tiempos para las nuevas oportunidades.

Pero hay situaciones que hace mucho tiempo quedaron olvidadas de ecuadores temporales, ya que regresan a la vida diaria sin ninguna falta en el calendario. Y a pesar de ello, siguen siendo motivo de posicionamientos políticos con no sé bien qué propósito. Negar la violencia machista, repito, machista, nada que ver con el concepto de hombre, sigue provocando discursos obtusos sobre de qué y de quién se tienen que defender las mujeres. Lástima que no signifique un grito unánime hacia una acción a favor de un nuevo orden, donde participemos la globalidad de quienes estamos, dejando excluidos modos, formas, conciencias que saben de sumisión, violencia y de aquello de que la maté porque era mía. Una oportunidad para todos y todas que algunos, de parte, quieren ensuciar con retrocesos en nuestra forma de convivir y, especialmente, de vivir.

El que más y el que menos habrá podido disfrutar de algo tan propio de nuestros recuerdos como alguna de las miles de romerías de verano que siempre reúnen a casi todos. Unos por devoción, otros por recordatorios de la grata infancia y también porque a un motivo de festejo en estos tiempos no hace falta ponerle más peros. Más allá de la charanga y el baile, y gracias a ese entorno de campo y naturaleza, podríamos recordar al bueno de Asís cuando decia que «empieza a hacer lo necesario, después lo posible y de repente, te encontrarás haciendo lo imposible». Será por ello, precisamente, por lo que no llegamos a hacer lo necesario que llevamos la batalla perdida con los imposibles.

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