De pirómano a bombero

Los analistas e informadores políticos se han puesto inusualmente de acuerdo en que Gabriel Rufián, diputado de ERC, fue una de las voces que más cordura trató de imponer en el caos de la fallida sesión de investidura. Parafraseando a Aitor Esteban, “el mundo al revés”. A este, que ha abjurado de su condición de gamberro parlamentario, le han llovido críticas en Cataluña, mientras que en Madrid le alaban por desplegar un nuevo estilo alejado del histrionismo del que hacía gala en la pasada legislatura, donde en el tándem que formaba con Joan Tardà hacía de “poli malo”, ahora como líder del grupo parlamentario le va más ejercer de “poli bueno”. Se ofrece de mediador entre PSOE y Podemos, ya no dicen que “España nos roba”, y hasta cita a Unamuno. Se ha tomado tan en serio su papel de diputado en Cortes, que afirma, “No soy soberanista ni independentista, soy de izquierdas y republicano”.

Defender a la cantante Rosalía, ser aficionado del Espanyol, del Real Madrid y de la Roja le ha traído problemas en Cataluña, a pesar de que hasta hace poco era expulsado del Congreso por llamar “hooligan y fascista” a Borrell, se encaraba con Aznar y le tildaba de “señor de la guerra”, o presidente de un partido “fundado por golpistas del año 36”. Incluso llegaba a espetar a Rajoy:“Saque sus sucias manos de Cataluña”.

Su cambio y el de Esquerra (algunos hablan de la “séptima vida” del partido), puede responder a que piensen que la política catalana no es la misma que en 2017 y que tras la fase unilateral que culminó con la declaración de independencia, la aplicación del 155 y la entrada en prisión de los líderes del procés, es necesario abrir una nueva etapa.

Esquerra busca ser la nueva Convergència, el partido catalán que lo ganaba todo y que con Pujol y Mas gobernó casi tres décadas, con un doble discurso: uno en Barcelona, soberanista, y otro en Madrid, más sensato y proclive a apoyar la gobernabilidad. Este es el rol que quiere jugar Rufián, ser relevante en el Congreso y forzar al presidente a incluir a personas de Podemos en su Gobierno, para tener así un Consejo de Ministros más favorable para negociar con el independentismo, pero con la mirada puesta en el Palau de la Generalitat. 

Rufián da la medida de la nueva política republicana, ser alternativa al nihilismo del hombre de Waterloo y a la inacción de Quim Torra. Pero da la medida también de la postración de la izquierda española, agotada hasta protagonizar un fracaso de dimensión histórica difícilmente reparable en septiembre, si Iglesias no decide irse (o le obliguen, lo que no es descartable) y abandone el liderazgo de Podemos. La otra alternativa, que se vaya Sánchez, pareceimposible.

El nuevo protagonismo de Rufián, “reformado”, que diría su entorno, o “rehabilitado”, según sus rivales, forma parte del plan que en su día diseñaron Junqueras y su gurú comunicativo, Sergi Sol, para penetrar en las grandes ciudades del área metropolitana de Barcelona, donde tienen poca representación. Así las cosas, Rufián es el personaje descarado, populista, con incontinencia verbal, pero seductor para los medios de comunicación, al que los republicanos pusieron al lado de Joan Tardà para, por comparación convertir a este en una cara amable. De momento, los electores están avalando el giro al pragmatismo de los republicanos, ganaron las elecciones generales y las municipales y las encuestas les sonríen. ¡Veremos qué pasa!

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