La casa común

Este jueves 25, Día de Galicia y de Santiago, coincidí en el autobús camino del Obradoiro con la señora Marga. Nos conocemos desde el último cumpleaños que celebramos con el Maestro Mateo en vida y la tengo por una de las más ocurrentes personas que conozco. Apenas me había sentado a su lado, después de los dos besos de rigor, decidió contarme una anécdota que seguramente venía mascullando desde que subió al bus.
-Mira –empezó diciendo-, hace unos años viví una situación de esas que dejan fijada en la vida la mala voluntad de los humanos. La inteligencia cultivada nos hace ser retorcidos y con el tiempo he acabado por pensar que mientras más ilustrados más difícil nos volvemos para la convivencia.
Me pareció arriesgada la afirmación y traté de rebatirla. Fue inútil porque levantó la mano pidiéndome silencio.
-No lo dudes. En un enfrentamiento la cerrazón de los incultos concluye en bronca o enemistad sorda para siempre. La de los cultos se disfraza de razones contrapuestas, de objetivos sublimes, de antecedentes y consecuentes documentados, de falsedades interesadas, de manipulaciones aparentemente objetivas, de victimismo, de pedantería o falsa modestia…
-Me estás hablando de política…
-Puede, pero sobre ella está esa realidad de lo común. La anécdota que quiero contarte sucedió no hace mucho en mi vecindad. Eran los días duros de la crisis y un joven –voy a llamarle Pedro- quiso alquilar uno de los pisos libres. Después de hablar con el casero hizo sus cuentas y vio que reunía lo justo para pagar dos tercios del alquiler sumadas las cuotas de la comunidad, el agua, la luz y el gas. Se instaló en la vivienda con la esperanza de encontrar un subarrendador que contribuyera con el otro tercio. Ahí apareció su amigo Pablo. Pedro le ofreció una habitación con derecho a cocina y baño, además de compartir el salón de cuando en vez.
-La oferta representaba más o menos un tercio de lo habitable. ¿Es eso?
-Justo. Sin embargo Pablo, sabiendo que Pedro no podría hacer frente a los gastos, puso condiciones más altas para compartir la casa común. Pidió la única habitación existente con baño incorporado, el control de los contadores del gas, la luz y el agua, el uso en exclusiva del salón durante los fines de semana para recibir a sus amistades, no bajar nunca la basura y que Pedro corriera con las tareas de limpieza. Y, finalmente, decidir con absoluta independencia sobre los cambio de mobiliario que necesitaba el piso.
-Y Pedro se negó.
-No, porque ahí entró el juego de la ilustración, que no quiere decir de la inteligencia, y se enredaron en negociaciones estériles haciendo partícipes al resto de la vecindad. Fue muy divertido, casi como una telenovela. En ello se les pasó el mes del que disponía Pedro. Así que cuando llegó el casero no contaba con los recursos para abonar el pago.
-¿Qué sucedió?
-Lo lógico. Los dos se quedaron en la calle a la intemperie tirándose estratégicamente las culpas a las cabezas.
Habíamos llegado a nuestra parada.

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