Formar una coalición no se hace troceando el Estado

Dice Maurice Duverger que en todos los procesos electorales el poder es el botín a alcanzar por los ganadores, que luego se reparte entre los afines. Eso es justamente lo que estos días vemos en España. Pero la sensación es peor, pues parece como si el Estado se troceara en parcelas para negociar en una especie de subasta entre apostantes o tahúres.
Para empezar, un gobierno de coalición o un acuerdo de Gobierno ha de basarse sobre un programa, no sobre el reparto de carteras. Bien es cierto que, en España, al contrario de lo habitual en otros países donde son frecuentes las coaliciones de Gobierno, éstas ya se forman previamente como coaliciones electorales, pero aparte de ello se da otra circunstancia que no se produce en España: la Administración está muy profesionalizada, de modo que puestos que en nuestro país se cubren con asesores o políticos, están ocupados por funcionarios del Estado, de carrera hasta niveles que aquí se renuevan cada cambio de Gobierno. Estamos en los tiempos del “político cesante” hay que recolocar, porque otro ocupa su puesto dentro del reparto.
En cada oleada de cambio de Gobierno, se reparten los cargos como en una rifa y con frecuencia caen sobre personas no adecuadamente preparadas para los mismos.
Las coaliciones pueden darse en países donde el Estado puede funcionar sin Gobierno, como ha ocurrido en Italia, porque la maquinaria administrativa no se detiene. Con el nuevo Gobierno puede cambiar la dirección política, pero no la marcha del Estado ordinario.
Pero aparte de todo esto, el chalaneo entre el PSOE y Podemos ha sido en sí mismo un espectáculo vergonzoso en sí misma.
Pedro Sánchez aparece ante la oposición cautivo de su pasado, de los tiempos del “No es no”, por lo que las apelaciones de su vicepresidenta Carmen Calvo, pidiendo a la derecha que se abstenga ha sonado a lastimera súplica. Y, sin embargo, pese a ello, muchos españoles creemos que PP y Ciudadanos deberían demostrar altura de miras y sentido de Estado y aceptar como mal menor abstenerse y dejar que Sánchez pueda gobernar sin la hipoteca de los bolivarianos, Bildu-ETA, la derecha católica vascongada (“De rodillas ante Dios”) y los independentistas catalanes variados. Por cierto, que cuando Sánchez sostenía su oposición a Rajoy frente al realismo de su partido, no parecía importarle, como ahora, ir a elecciones de nuevo.
En todo caso y al final de cuentas, cuesta creer que el PSOE y Podemos no van a volver a negociar sobre lo mismo, aunque de otro modo, pero en orden al mismo resultado. Ya lo veremos.

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