La intermodal

ME pareció tener un déjà vu. Pepe Bugallo, de nuevo alcalde de Compostela, acompañado de Mercedes Rosón, concejala de urbanismo, tomaba el avión en el magnífico aeropuerto Rosalía de Castro -una de sus brillantes gestiones en el pasado- y volaban a Madrid para gestionar la estación intermodal del ferrocarril, que necesita y merece la capital de Galicia. Esto ya pasó hace diez o doce años. Idéntico menester, calcados propósitos, análogos argumentos, exigencias exactas… Como yo, gran parte de la ciudadanía compostelana ha debido de sentir una pareja percepción paranormal. Y muchos se habrán preguntado si es que estábamos despertando de una pesadilla, de un mal sueño colocado entre paréntesis. Un parón en el tiempo, como sucede en esas películas malas de serie B en las cuales los personajes se encuentran a sí mismos desmemoriados al alcanzar el happy end, porque el guionista no posee talento.

En los últimos ocho años -dos mandatos entre paréntesis- muchos sueños y realidades han permanecido estancados y la estación de Renfe ha sido uno de ellos. Ahora Bugallo se ve en la obligación de retomarlo y acelerarlo, porque no es de recibo que el destino final del mayor número de viajeros, que viene a Galicia por ferrocarril, y centro neurálgico del futuro AVE, concluyan en un apeadero remodelado. Cuesta entender y aceptar el agravio comparativo con otras estaciones a las que arriban la mitad de usuarios. Y resulta insólito el haber llegado a esta situación de mala gestión para obtener una infraestructura de vital importancia en el futuro inmediato de Santiago.

Pero también se tiene la sensación de que los guionistas municipales de este tiempo perdido han trabajado para fabricar desmemoria. Sí, al salir del túnel del flash back, me he parado a reflexionar sobre cuán pernicioso pueden resultar algunos personajes cuando tocan o aspiran al poder. No he podido ni querido evitar el recuerdo de aquel Gerardo Conde Roa, que hoy parece legendario y perdido en el rumor del tiempo. Los más viejos del lugar es posible que aún conserven su imagen llegando a la alcaldía envuelto en falacias.

Yo lo he rememorado construyendo peroratas con las que convencer al público de que no se derribara ese edificio/adefesio, incómodo y anacrónico -pretendidamente historicista- de la estación actual. Esa fue la primera piedra para tumbar sin alternativa un proyecto ambicioso, moderno y necesario, acorde con la ciudad eficaz que los gobiernos socialistas, de Xerardo Estévez y Xosé Sánchez Bugallo, habían planificado y logrado.

Aquella guerra contra la estación de Renfe fue uno de sus vagones útiles para alcanzar el poder en el Pazo de Raxoi. Y la ciudad perdió el tren, como malogró el teleférico, que había de unirla con la Ciudad de la Cultura, y como olvidó la idea de convertir este núcleo de comunicaciones en el núcleo vital de conexión entre el Ensanche y los nuevos espacios urbanizados más allá de Pontepedriña. Los otros tres alcaldes, que sucedieron a Conde Roa en los siete años siguientes, ni recuperaron el proyecto ni la ambición necesaria. La inercia se apoderó del empeño acomodándolo en la resignación. Y así, después de valorar los males generados por las malas prácticas de los políticos nefastos que se cruzan en nuestros caminos, he descubierto que el déjà vu de Bugallo y Rosón camino de Madrid era realmente el vuelo hacia la recuperación de la utilidad de la buena memoria.

Xosé Antonio Perozo es periodista

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