El principio Ana Karenina

Familia y armonía no siempre caminan de la mano. Evidentemente. Pero es igualmente cierto que nada encarna mejor la armonía que una familia bien avenida. En ella topamos su manifestación más perfecta, donde cada miembro ve atendidas sus necesidades y sus anhelos. Es fuente de apoyo, de cuidado, de orientación, de refugio. No es casual que la invocación más frecuente al retorno de la armonía tome a aquélla como patrón: «seamos una familia».

Pero, del mismo modo, pocas cosas representan mejor la discordia que una familia mal avenida, rotos los vínculos y afectos que le eran propios. En realidad, es ésta una situación más frecuente que su contraria. La razón nos la muestra un curioso concepto: el llamado principio de Ana Karenina. Reza que la discordia es más fácil que la armonía, pues ésta depende de que muchas cosas diferentes funcionen bien a la vez y si una sola falla, el conjunto entero ya se resiente. Comenzaba la genial obra de Tolstoi diciendo que «Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz lo es a su modo». Y es que la armonía sólo presenta una forma, pero la discordia es posible bajo muchas diferentes.

Concordia y discordia no son estados fijos, que no quepa alterar. Cada individuo y cada comunidad tienen en su mano cambiar la una por la otra. Pero ello requiere esfuerzo, mucho mayor en el caso de la primera.

Su recompensa, no obstante, también lo es. Consiste en la paz, el orden, el sosiego y muchos otros bienes universales que son soporte de la felicidad. Así que poner lo mejor de cada uno para construir la armonía a nuestro alrededor no es mal plan de vida, se lo aseguro.

Otilia Seijas es escritora

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