Iglesias menguantes

Qué lejos queda 2016! Hay que rebuscar en la memoria o en el desván de los recuerdos para volver a ver a Pablo Iglesias salir pletórico de su primera entrevista con Felipe VI, rodeado por los rostros sonrientes de Julio Rodríguez, Rafael Mayoral, Irene Montero, Iñigo Errejón, Carolina Bescansa… todos ellos con la idea de un ministerio en sus cabezas. Arañando el cielo después de recibir alguna curiosa bendición del Monarca para negociar con Pedro Sánchez, el arriesgado. Cuanto habló con el Rey pertenece al secreto del sumario, es una conversación de la que, contra la costumbre del líder de Podemos, nunca ha aireado nada. ¿Qué le dio alas para salir convertido en vicepresidente in péctore? ¿Qué razones de insólita prudencia cardenalicia han mantenido las bocas cerradas, evitando que entren las moscas a libar en el cadáver de aquel despropósito, cuyo final fue una repetición de elecciones para respiro de las derechas?

¡Qué lejos queda 2016! Parecería olvidado de no ser por el empecinamiento de Pablo Iglesias en repetir el mismo error táctico y la falta de realismo político. Antes de que el líder socialista aceptara el encargo de formar Gobierno, él ya había diseñado el gabinete conforme a la proporción de los votos y los escaños. Tres años después, con menos papeletas y menos asientos en las cámaras, su calculadora sigue funcionando con idéntica lógica. Esto es, la vieja tradición de los partidos históricos a la hora de repartir el pastel del poder, de los recursos económicos oficiales, de los sillones y los despachos. La indignación del arranque ha sido absorbida por el sistema. Suponiendo que alguna vez haya estado mentalmente fuera de él.

En 2016, al no conseguir de Pedro Sánchez la vicepresidencia, con el aliento de una subida en las encuestas, optó por el riesgo de pedirla al electorado. Y ahí empezó a menguar mientas el PP conseguía mantenerse y Cs cogía carrerilla. En 2019 parece conformarse con un ministerio y pedir para los suyos algunas migajas con que aderezar el decorado. No obstante, ahora el miedo no le cabe en la chaqueta. Las encuestas no le son propicias y jugar de farol puede llevarle a un ostracismo semejante al de Izquierda Unida. Lo sorprendente es que la ambición personal de Iglesias, su cúmulo de despropósitos tácticos y la falta de sentido de Estado, aún encuentren justificaciones en quienes le siguen.

Malos ejemplos como los del cogobierno de Touriño y Quintana, donde uno gobernaba Galicia y el otro Galiza, donde el primero marcaba unas líneas estratégicas y el segundo las contraprogramaba… deben de pesar razonablemente sobre la desconfianza de Sánchez hacia un vicepresidente con un perfil egocéntrico. Quien, además, no garantiza la mayoría absoluta. ¿Vale la pena el riesgo para el PSOE? No existe respuesta certera. Unas nuevas elecciones no garantizan el cumplimiento de ningún propósito para la izquierda. Las derechas pueden concurrir unidas. Al menos PP y Cs están en ello, dejando que Vox languideza. Con lo cual el reparto de escaños nada tendrá que ver con el resultado de la última convocatoria. Me temo que en Unidas Podemos lo intuyen e, incluso, saben que el electorado no tendrá en cuenta quién de las dos formaciones sea la culpable del fracaso negociador. Y, barrunto, que esta es la última oportunidad que “los inscritos” darán a un Pablo Iglesias en situación de cuarto menguante.

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