En la política española, ¿negociar es perder?

Han pasado varios meses desde las generales y el PSOE no logra un acuerdo de investidura, lo que nos condena a más bloqueo político e institucional. ¡Eso sí!, mientras tanto, sus señorías siguen cobrando, incluidos los pluses por presidir comisiones que no se reúnen o por ser portavoces de debates que no sé dan.

Los nuevos partidos llegaron con la intención de revolucionar el panorama político y poner patas arriba el sistema, y en cierto modo lo han conseguido. Su irrupción hizo saltar por los aires un sistema político tradicional acostumbrado a las mayorías, pero también ha traído un bloqueo político inaceptable, lo que parece demostrar que los partidos consideran que negociar es perder.

La política es el arte del compromiso y del consenso, pero esas capacidades no se han cuidado en los últimos años. Los protagonistas de la Transición tenían posiciones antagónicas y mucho más distanciadas que los de ahora, por ideología y por experiencias personales traumáticas de exilio y clandestinidad, pero fueron capaces de llegar a acuerdos. La nueva generación de políticos tiene menos diferencias que en esa época, pero a su vez son incapaces de llegar a acuerdos, y cuando lo hacen son sobre temas menores que acaban saltando por los aires por interés partidistas.

Para formar Gobiernos estables es bueno mirar los números, y los nuestros dicen que somos moderados y que nos incomodan los extremos. Esto junto con la poca visión de estado y de lealtad constitucional de los partidos nacionalistas hace que sea muy complicada cualquier negociación. Dicho esto, la situación política se resume bien con el ejemplo de Ciudadanos que no se sienta con Sánchez, pero tampoco con Abascal ni con Iglesias, al igual que hacen por su lado, PSOE y Podemos. Lo curioso es que lo que ha triunfado en otras latitudes como Alemania donde partidos de signo contrario son capaces de llegar a acuerdos de gobierno y trabajar juntos, aquí ni se contemple.

En este punto uno se pregunta si es mejor tener políticos como Michihito Matsuda, candidata a la alcaldía japonesa de Tama, donde fue la tercera más votada. La noticia tendría poco de extraordinario si no fuera porque se trataba de un robot que prometía como sus colegas de carne y hueso, oportunidades para todos, desterrar la corrupción y encontrar soluciones a los problemas de su pueblo. Más allá del experimento, da que pensar que llegase a seducir al 10% del electorado.

Y me pregunto, ¿Podría un robot gobernar mejor que un político humano? Una encuesta del Reino Unido de 2017 concluía que el 26% de los entrevistados así lo creían. Aunque posiblemente estos sondeos lo que medían era la desafección generalizada respecto de los gobernantes.

Pensándolo, las aplastantes y racionales conclusiones a las que seguramente llegaría una máquina con suficientes datos y capacidad de proceso podrían resultar menos fascinantes que la adulación, las promesas y las pasiones exaltadas, pero probablemente más pragmáticas y estoy seguro que pasarían por lograr alianzas estratégicas.

En unos días sabremos, ¡o no!, quién nos gobernará y empezará un nuevo curso político. Hay problemas que resolver y retos por abordar y el mundo se ha convertido en un lugar demasiado cambiante y complejo para que lo entienda un robot, así es que lo que toca es que los políticos humanos se pongan a trabajar.

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