Pornografía

El infame episodio de “la Manada” de Pamplona y la controversia sobre la calificación jurídica del mismo, con reciente sentencia esclarecedora por parte del Supremo, ha sensibilizado a la opinión pública y a los medios en torno a una modalidad delictiva no tan infrecuente cual es la violación en grupo y por turnos.

La actualidad de estos días viene confirmando, en efecto, sucesos similares en Castellón, Manresa y Cambrils, por sólo citar los últimos que han llegado a los Tribunales o están en curso de ello. Y es que no en vano uno de los videos porno que figuran entre los más vistos en internet es precisamente uno de tal temática y exhibición.

Como escribía hace poco el reconocido psiquiatra Enrique Rojas, todo tiene un texto y un contexto. Vivimos en una sociedad hipersexualizada donde para muchos jóvenes la pornografía se ha convertido en la gran educadora, a la que se puede acceder con una sencilla aplicación en el móvil. Las clásicas revistas eróticas o abiertamente pornográficas han caído notablemente en sus ventas porque conseguir sexo por otros medios es muy fácil.

Ya no es preciso visitar el quiosco para comprarlo. Internet está a la vuelta de la esquina, cuando no en el propio bolsillo. En no pocos consultorios la pregunta al paciente no es si ve o deja de ver pornografía, sino cuánta ve. Puede parecer excesivo, pero se calcula que el 50 por ciento de la Red es pornografía. Una oferta sin límites. Un zoco; un mercado persa donde cada uno elige lo que quiere.

Por otra parte, diversos estudios vienen alertando sobre los cambios sociológicos que se están produciendo en torno a lo porno, tanto en relación con los contenidos como con la forma de consumirlo. Según ponía días atrás de relieve la periodista especializada en temas de biomedicina y salud Milagros Pérez Oliva, la pornografía es cada vez más violenta e interactiva, con la mujer reducida a un objeto de dar placer.

Lo grave, decía ella también, es que el primer contacto de muchos adolescentes con el sexo es este tipo de pornografía. El promedio de edad en que los jóvenes llegan a la misma es de 14 años, pero uno de cada cuatro la ha consumido ya antes de los 13. Y a través de ella los adolescentes aprenden que la sexualidad no tiene que ver con la comunicación y el afecto, sino con el sometimiento y el poder. Cambia así la óptica sobre la mujer, el amor, las relaciones íntimas y el verdadero sentido de una sexualidad sana.

Los efectos de la pornografía tanto en jóvenes como en adultos, sociedades, vidas y familias son demoledores. Según el doctor Rojas, ésta juega, por ejemplo, un papel importante en el 70 por ciento de los divorcios y crea una adicción más grave que el hábito a la cocaína, habida cuenta de que afecta a unos circuitos cerebrales muy difíciles de borrar que empujan una y otra vez a su consumo. A un sexo, en definitiva, de usar y tirar, que deja asomar la parte animal y básica de la persona. Es como un poderoso imán que arrastra en tal dirección.

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