Imparcialidad y objetividad

Una reciente entrevista de Robert Picard, uno de los gurús en el ámbito de economía y gestión de medios y políticas de comunicación, autor de más de una treintena de libros, empezaba con el provocador titular “imparcialidad y objetividad no son buenas bases del buen periodismo” e invitaba a pensar acerca del papel de la prensa en la sociedad, de la función de los medios de comunicación y sobre su futuro.

Volviendo al sugerente titular, a lo primero que me incita es a preguntarme si cabe demandar a la prensa objetividad. Para ello podemos partir de la definición del maestro de periodistas Luka Brajnovic que afirma “cuando la información parte de un conocimiento exacto y cierto, de una reflexión consciente y de una rectitud intachable de intenciones en esto consiste la imparcialidad, o la absoluta objetividad”.

La labor del periodista puede explicarse acudiendo a un hermoso texto de Heráclito sobre el hombre que no puede bañarse dos veces en el mismo río, porque sus aguas en movimiento constante hacen distintos ríos cada instante. Los hechos de la historia diaria, que son la materia prima de la prensa, son tan cambiantes como las aguas de ese río. Por tanto pretender la objetividad es como creer que es posible capturar y congelar el instante que huye. El mismo hecho, observado por distintos periodistas, recibe tratamientos y versiones diferentes.

Aquellos que como Slajov Haskovec concluyen que “el concepto de absoluta objetividad es falso e irreal”, afirman que se trata más bien de un término utilizado torpemente desde siempre en el periodismo, como si el periódico objetivo fuera la panacea de la ética. Cada periodista, cuando escribe, cuando titula, cuando aborda una información lleva en sus alforjas sus ideas, sus principios, su moral, y eso, es inevitable. Tampoco debe olvidarse que responde a una organización social o medio informativo, por tanto su enfoque estará también influenciado además de por sus propias opiniones y creencias, por las de sus medios.

Asimismo, habría que afirmar que no es más objetivo un periódico que ataque al Gobierno que uno que lo defienda. Ambos siguen una línea editorial trazada por sus principios políticos, morales o ideológicos. El lector debe saberlo y elegir el que más se acerque a lo que piensa, buscando la verdad, su verdad, pero no tanto la objetividad. “El periódico es una tienda en la que se venden al público las palabras del mismo color que las quiere” (Honoré de Balzac).

Con relación a la imparcialidad, nuestro experto el profesor Robert Picard, afirma que si bien es un concepto interesante, solo cabe para los medios comerciales, es decir, para los que quieren ser amados por todos, que no quieren ofender, o al menos no ofender a todos de la misma manera, y al final acaban siendo básicamente medios sin opiniones. Continúa afirmando que no cree que eso sean buenas bases para el periodismo, ya que al igual que con la objetividad, cuando alguien pretende presentar algo con imparcialidad se trata de su imparcialidad. 

Lo único verdaderamente esencial para un periódico y por extensión para un periodista ha de ser la independencia. Un medio de comunicación no puede deberle nada a nadie, ni ceder a las presiones de los poderes políticos, empresariales, culturales, o de otro tipo. Y pedir esa independencia ha de ser responsabilidad y obligación de todos, y pasa por pagar la información.

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