Premio de consolación

Necesitado de distraer al personal con cuestiones ajenas a la complicada vida política doméstica y atento hasta la obsesión a su imagen pública personal, Pedro Sánchez aprovechó su  paso por el G20 de Japón y, sobre todo, su estancia en Bruselas como negociador principal de la familia socialdemócrata en la nominación de la cúpula comunitaria para eso: para promocionarse como estadista.

Según ha puesto de relieve algún corresponsal allí presente, nunca se había visto un despliegue propagandístico similar por parte de un jefe de Gobierno español,  en redes sociales,  medios digitales y comunicados oficiales. Moncloa inundó a los informadores con fotografías y vídeos de Sánchez presidiendo o participando en reuniones en todas direcciones, siempre en posición preponderante.

Bien merecerían un estudio de impacto audiovisual las imágenes que se nos han servido con Sánchez avanzando en solitario, con paso seguro y firme, sin adláteres, por los largos y anchos pasillos comunitarios, con un fondo de banderas de los países miembro,  camino del atril donde le esperaban los periodistas. Imágenes pretendido poderío en el escenario internacional.

Sin embargo, bajo tal pompa exterior su gran maniobra política inicial no fue tanto preocuparse primordialmente por el encaje de posibles candidatos españoles a ocupar puestos de máxima responsabilidad, cuanto aplicar allí la táctica que aquí tan bien maneja y que no fue otra que   doblegar la preeminencia histórica que mantiene el Partido Popular Europeo, ratificada en las elecciones del pasado 26 de mayo. 

¿Cómo? Intentando imponer la candidatura del socialista holandés Timmermans como medio de acabar con el bloqueo que él mismo y el presidente francés Macron habían creado previamente al vetar al candidato democristiano, el alemán Manfred Weber. Esto es: aplicando el cordón sanitario a la derecha allí por donde va.

Afortunadamente,  al final no se salió con la suya. Al final y como debe ser, triunfaron las urnas. A la hora de la verdad para la presidencia de la principal institución comunitaria, la Comisión Europea, se impuso la nominación de la candidata del PPE, ganador de las elecciones: Úrsula von der Leyen, 60 años, madre de siete hijos con su primer y único marido, promotora del salario maternal (300 euros mensuales por hijo) y tres veces ministro con la señora Merkel. 

Conservadora y proeuropea,  feminista declarada y amazona relevante, habla francés, inglés  y alemán, tiene formación económica, aunque es también doctora en Medicina, cuenta con trayectoria profesional a uno y otro lado del Atlántico y goza de amplia experiencia política. No cae nada bien en elnúcleo duro de su partido, la CDU, ni el seno de la gran coalición germana.

Al final Sánchez quedó a los pies de los caballos. Hasta Macron lo abandonó, porque, tal como se ha dicho, el presidente francés amagó con la izquierda, pero terminó por golpear con la  derecha. Paris y Berlín se repartieron el poder. Y el pomposo jefe negociador de la familia socialdemócrata hubo de contentarse con la nominación de Borrell como responsable de la diplomacia europea. Un premio de consolación.

Alguien que conoce bien los entresijos del mundo internacional como el embajador Inocencio (Chencho) Arias escribía días atrás que el puesto de jefe de la diplomacia europea, suena bien, pero no es de primera división. No será el teléfono de Borrell el que pidan Trump o Xi Jinping cuando tengan un problema con el viejo continente o quieran unir fuerzas con él. Los teléfonos importantes serán los de los presidentes del Consejo Europeo y de la Comisión, de Merkel y de Macron. Y ya está.  

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