Levanten la palabra


Decía Federico García Lorca que “el teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana. Y al hacerse humana, habla y grita, llora y se desespera”. Y de esto último debemos andar muy socorridos por estos lares, porque lo que es gritar y desesperar, nuestros representantes políticos llevan tiempo de hartura. Ya me molesta tener que repetir temario en este devenir semanal de desahogo y algo de creatividad, pero nos lo ponen difícil para poder observar más allá de nuestras propias narices. El que más y el que menos, andamos preocupados por saber quién gobernará estos meses o años, porque el tiempo político siempre es tan relativo como nuestro propio espacio. Y actualmente, reconozcamos que se trata más de espacios donde poder apoyar cómodamente las posaderas que de la continuidad temporal de las, por lo general, jactanciosas promesas.
Nuestra clase política debe estar acostumbrada a no creerse demasiado lo que tanto ofrecen en su mensajería pública, porque además de mostrarnos la tarjeta roja a la ciudadanía con el implícito recado de nuestra nefasta decisión de voto, también parece que se creen que con repetir las elecciones todo tendrá una infalible solución.


Ya no son pocos quienes empiezan a sacarle los colores a esta nueva clase de operadores de la política nacional, con el necesario recordatorio de lo que somos constitucionalmente y que en nuestro sistema no se recogen las segundas vueltas o demás inventos representativos. Y eso, sin perjuicio de que todo puede ser cambiado en el ámbito de nuestro sistema electoral con la consiguiente reforma de la intocable, para lo que les interesa, carta magna.

Muchos han defendido que nuestra querida y respetada Constitución sigue vigente, joven, briosa con los tiempos. Pero, en cambio, cuando llega el momento de la verdad participativa, donde toca trabajar para aceptar resultados y soluciones para una nueva legislatura, comienza el espectáculo bochornoso de nuestros dirigentes. Deberían hacer como la ciudadanía, que conformamos nuestra existencia desde los ultimátums diarios en el trabajo, en los estudios, en la cola del centro de salud y hasta en el banco cuando queremos algo más que un cajero automático, con nombre propio.Y conseguimos superar estas limitaciones tan humanas, y que acostumbran nuestro espíritu, entre un cierto nivel de serenidad y un empuje condescendiente por lidiar las diferencias.


Considero que si nos mandan a trabajar otra vez a favor de esta democracia, tan deseada por generaciones anteriores y, a veces, tan olvidada por las actuales, mereceríamos por lo menos un compromiso veraz de los electos sobre sus capacidades en la labor común. A lo mejor es el tiempo de reorientar nuestra obligación con los valores éticos que deberían formar parte del primer renglón de la política. Si fuera así, no serían necesarios cordoncillos sanitarios para ciertas ocasiones y siempre tan interesados.

Sería suficiente con la unánime obligación de dejar las caretas para el hermoso hacer de la farándula, donde el verso acelera el pareado de las palabras y ellas acunan los silencios del alma como un mantra del acuerdo. O será que el siempre recordado Groucho Marx tenía razón y la política, finalmente, es el mejor arte de buscar problemas y , como no, siempre encontrarlos.

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