Fichar en Betanzos

DEJÓ ESCRITO Castroviejo que Betanzos es «una apoteosis de luz para regalo de los ojos del viajero». La capital de As Mariñas dos Condes, que se derrama desde el Castro de Untia hacia el Mandeo y el Mendo, cautiva al visitante por sus atractivos monumentales y artísticos, por el sosiego que se vive en sus calles y plazas y por la hospitalidad de su gente, noble, generosa, y trabajadora.

Además, los betanceiros sobresalen por su gran sentido del humor. La leyenda urbana que cuentan con mucha sorna refiere el episodio de aquel político que en un mitin no conseguía entusiasmar al auditorio y preguntó: «betanceiros, ¿que queredes?». Cuando le contestaron «que suba o pan en baixe a caña e catro colleitas o ano», el político bisoño prometió tratar la petición en Madrid con premura, lo que provocó la hilaridad del público que coreó al unísono ¡Viva Premura!.

Hace unos días se produjo otra muestra de humor creativo protagonizado por el propietario del bar O Jaiteiro. Este joven hostelero llegó al trabajo un lunes muy de mañana cuando los informativos de las radios y televisiones bombardeaban a sus audiencias con la disposición gubernamental que obligaba a fichar en las empresas y se le ocurrió habilitar un artilugio para que sus clientes también «ficharan» al entrar en el establecimiento.

Seguramente la obligatoriedad de registrase en las empresas no va a mejorar la productividad, pero la parodia del hostelero betanceiro se convirtió en una asombrosa operación de márketing que atrajo la atención de la España mediática, le catapultó a la fama y seguro que aumenta la rentabilidad de su negocio. Una idea genial que fideliza a los clientes veteranos y atrae a otros nuevos cautivados por la iniciativa.

Naturalmente, nadie ficha a la salida y el pequeño empresario agradece y premia las «horas extra» de estancia con descuentos y reclamos publicitarios que promocionan su negocio. Pero el mejor premio debe ser el ambiente agradable que se respira en ese bar, como en otros bares y tabernas de Galicia que son como los «casinos populares» en los que se producen encuentros fecundos y diálogos, tan acalorados como respetuosos, sobre lo divino y lo humano para «arreglar el mundo».

Eso es lo que justifica y compensa «fichar» en esos establecimientos cuando a mediodía o a la caída de la tarde vamos a compartir unas cañas con los amigos para evadirnos de tanto embuste político y de la alarmante falta de sensatez de la dirigencia del país.

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