Junio, veraniego y fiscal

Junio es sinónimo de verano, días largos, vacaciones… y mes de impuestos, con la declaración del IRPF como estrella. Poco después de abrir el plazo para presentar la renta el ministro Ábalos acusaba a los que no quieren pagar impuestos de «no facilitar la justicia social, de quebrar la convivencia y la democracia».

Una acusación grave cuando el ministro sabe que los españoles, salvo los defraudadores que debe buscar su Gobierno, quieren cumplir con el fisco, pero exigen que la imposición sea equitativa y proporcional a sus ingresos, nunca confiscatoria y agobiante. Dice Elvira Roca Barea que «un trabajador español, datos de 2017, curra desde el 1 de enero hasta el 8 de junio -otros expertos dicen que hasta mañana, día 27- para cumplir con sus obligaciones tributarias». Entregamos al Estado la mitad del año laboral.

Así hasta ahora, pero recuerden la plegaria «virgencita, que me quede como estoy» porque se avecina aumento de la fiscalidad. El Gobierno envió a Bruselas el Plan de Estabilidad 2019-2022 que contempla recaudar 26.000 millones en el período, 5.664 en 2020. Una previsión de ingresos inflada, según la Comisión Europea.

Hay margen para subir impuestos, dice la ministra Calviño, y es verdad en parte. El porcentaje de ingresos públicos sobre el PIB está por debajo de la media comunitaria y la presión fiscal es menor comparada con los principales países de la UE. Pero nuestra renta per cápita también es inferior a la media de esos países y, en palabras del José Luis Feito, presidente del Instituto de Estudios Económicos, «sería un sinsentido intentar converger en niveles impositivos con los países más avanzados antes de converger con sus niveles de renta».

¿Cuál es el destino de nuestros impuestos? En teoría, el Estado redistribuidor los aplica a la solidaridad intergeneracional, a las clases menos favorecidas y a la cohesión interterritorial entre las comunidades más necesitadas. Ahí están esperando los viernes sociales que implican un descomunal aumento del gasto público.

Pero en la práctica, nuestros impuestos se emplean también en sostener administraciones gigantescas y mantener chiringuitos y miles de cargos públicos que con frecuencia despilfarran o administran mal el dinero que les entregamos.

¿Alguien escuchó al presidente, a ministros o a algún político hablar de eliminar o reducir gastos que nada aportan al bienestar ciudadano? En fin, que toca pasar por caja y después recuperarse del susto.

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Autores de Opinión

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