Ribeira Sacra

A Amancio López Seijas, por su compromiso con Chantada y con Galicia

           En la Ribeira Sacra uno parece aterrizar sobre una postal, sobre una geografía admirada ya por los romanos. Paisaje histórico, sutilmente urbanizado en sus pueblos acogedores, en él se suceden campos de cultivo, viñedos, prados, caminos, corredoiras; carreteras trazadas al estilo del geógrafo Domingo Fontán, inclinadas a la curvatura; carballeiras, sotos de castaños, jardines de cerezos; ríos y embalses navegables; vertientes agrestes y rocosas en el Sil, más suaves y de mayor aprovechamiento para los humanos en el Miño; bancales, alineados, escalonados, que, como peldaños y cual pasos peregrinos, buscan el cielo desde el suelo. Dulce paisaje goloso a la vista del visitante, del turista. Un panorama domesticado en el discurrir de los siglos por quienes quisieron encontrar a Dios en la Naturaleza, y en ella hallaron el sustento del cuerpo y del espíritu. Todo parece servir a un único fin: suavizar el anhelo eterno de un edén terrenal. Pues, si algo se asemeja al Paraíso, aquí está como preludio de una plegaria de belleza.

           Hay que escalar las orillas graníticas, descubrir la arquitectura singular de los muros de piedras leves que, cual maceteros, contienen la tierra en la que ha de medrar la vid. La cuestas son lentas. Llevan hasta miradores de infinitos horizontes. En la noche, a observatorios de estrellas, de la misma Vía Láctea, que preludia Santiago en pos del Fin del Mundo, en la Costa da Morte. Uno ha de maravillarse, extasiarse, deslumbrarse ante geografías de ensueño, ante paisajes creados para disfrutar, para ser contemplados con pasmo admirado. Aquí, allí y allá, es posible desembocar en una aldea, visitar antiguas iglesias, hablar con lentitud con los paisanos en esos templos que también son las bodegas.           

            El agua es camino y es fronteras natural. Organiza el espacio, dulcifica esos horizontes verticales, escalonados, de singular belleza, que transportan oro y que dejan crecer entre piedras bosques de especies atlánticas, como robles, abedules, castaños, cerezos y, en los espacios más recogidos, olivos. Lo dijo Castelao: “El árbol es el símbolo del señorío espiritual de Galicia, es la magia de los ojos. Nos da la fruta, le pide el agua al cielo, nos da la sombra fresca en verano y el calor encantador en invierno, nos da los cierres, el suelo y las puertas de la casa”.

            En la Ribeira Sacra las tierras son feraces, las aguas generosas, las montañas graníticas. El clima se ve favorecido por el encajonamiento de los valles fluviales, se beneficia de una menor humedad y conoce veranos secos y muy soleados. Algunos días, el ambiente es casi mediterráneo.

           La comarca Sacra adquiere en sus múltiples matices el tamaño de un mundo, de un continente. Sus ríos embalsados parecen mares y en libertad caminan con tranquilidad para hacer océano, allá en A Guarda, en la misma frontal de Nueva York. en la provincia de Pontevedra, tras constituir una frontera natural, hermosa, con Portugal.

           La tierra es elegante, de modas y modos estéticos, de luces cambiantes y de montañas inverosímiles, formando acantilados sobre los cursos de agua. ¡Agua, baja y bendíceme!, que para eso estamos en la Ribera Sagrada, la Rivoyra Sacrata como la denominó la reina doña Teresa de Portugal, allá por 1124, en el documento fundacional del Monasterio de Montederramo. Aludía la coronada a la abundancia de monasterios y ermitas que desde el siglo V comenzaron a poblar los valles de los ríos Sil y Miño, en territorios de las actuales provincias de Ourense y Lugo, en pleno interior de Galicia.

           En este lugar, el ser humano ha de comulgar necesariamente con la naturaleza. Eso explica la elección del lugar por eremitas, que ya desde el mismo comienzo de la cristiandad escogieron para su retiro estas riberas con sus cuevas de singular belleza, para orar y reflexionar, fusionados con la naturaleza. Ellos iniciaron, ya a partir del siglo VII, un paulatino proceso de colonización monástica de todo este espacio, en gran medida impulsada por las reformas de San Fructuoso. Estamos ante el rearme del cristianismo frente a la expansión del Islam,  en lo que resultó definitivo el descubrimiento del sepulcro del Apóstol Santiago.

           Ya en el siglo IX asistimos a una reafirmación de los cenobios benedictinos, que consolidan su poder espiritual y económico dentro de un sistema feudal. A partir de este momento, durante la Edad Media, los monasterios de la Ribera Sacra irradiaron espiritualidad, cultura y poder al resto de Galicia. Lo hicieron y lo hacen los de San Esteban de Ribas de Sil, hoy Parador Nacional; San Pedro de Rocas, Xunqueira de Espadanedo, Montederramo o Ferreira de Pantón. En ellos llega prácticamente intacta hasta nosotros el esplendor de una época, el testimonio vivo de una vida de relación entre la espiritualidad humana y un medio natural único. Lo testimonian gran número de iglesias románicas que florecieron a lo largo de toda la ribera: San Paio de Diomondi, San Esteban de Atán, San Miguel de Eiré o San Fiz de Cangas. Ya en la Edad Moderna, ese patrimonio singular se  enriqueció con el conocido como El Escorial gallego, el Colegio de los Padres Escolapios de Monforte de Lemos, que entre otros tesoros alberga dos cuadros de El Greco.

           Y es que en el Camiño de Inverno a Compostela, este paraíso invita al recogimiento y a la contemplación, a escuchar el silencio, ese que sabe incorporar el sonido de los ríos, el canto de los pájaros y la voz de los monjes. Todo es mágico, pasado y presente. Todo se asoma en balcones naturales, como el llamado de Madrid, o el situado entre Voluxe y Caxide, desde donde dicen que se puede otear el abismo, el infinito, la eternidad.

           Estamos ante uno de los espacios de mayor densidad de patrimonio artístico de la Península y también de Europa, dentro de un medio natural excepcional.

           Los nombres son paladeables ya en su pronunciación: Peroxa, A Pobra do Brollón, A Teixeira, Bóveda, Carballedo, Castro Caldelas, Chantada, Esgos, Monforte de Lemos, Montederramo, Nogueira de Ramuín, O Saviñao, Pantón, Parada de Sil, Paradela, Portomarín, Quiroga, Ribas de Sil, Sober, Taboada y Xunqueira de Espadanedo. Veintiún ayuntamientos que con su homogeneidad territorial basada en sus recursos turísticos naturales, patrimoniales y culturales que conforman con sus gentes una identidad turística diferenciada y singular: el geodestino de la Ribeira Sacra.

           Y, si el espíritu disfruta, el cuerpo goza. Para comer: caza y castañas, cocido gallego, embutidos, cerezas y buen pan. Para beber: buenos vinos del lugar, de la denominación de Origen Ribeira Sacra -como el Vía Romana, de Juan Luis Méndez-. Para homenajearnos: aguardientes excelsos. Para refrescarnos: agua pura de manantiales innúmeros. Para dormir: pequeños y grandes hoteles, como los de Amancio López Seijas – imbricado en el porvenir de su tierra, como buen hijo-, el Parador de Monforte de Lemos o las casas rurales-. Para ser felices: predisposición a disfrutar, a degustar, a relajarse, a dejarse llevar en modernos catamaranes.

            Galicia es como una esmeralda engarzada en oro. Verde, pequeña, coqueta, encastrada en el metal precioso depositado sobre un tul azulado de cielo y mar. En ella el tiempo no existe. El ritmo vital concuerda con la naturaleza. Una ola equivale un segundo; un ocaso, al transcurrir del día; un instante, a la eternidad. Aquí, el fin es el principio y el principio inicio de un nuevo fin. Todo, absolutamente todo, es real y fantástico, espontáneo y fruto de millones de años de evolución. La tentación de la belleza es permanente. Necesitamos rezar para redimirnos, para compensar tanto privilegio. Nuestra penitencia es hermosa: compartir el paraíso.

           Los gallegos, como los irlandeses, nos perdemos en nosotros mismos, ensimismados de rutinas, cotidianidades y paisajes bellos y reiterados. Somos románticos extasiados. A los otros pueblos les cuestan definirnos porque, en cierto modo, no nos asumimos sin escenario. Tendemos a biografiarnos entre nieblas, donde nace el misterio. 

            La Ribeira Sacra, en las provincias de Lugo y Ourense, es ya patrimonio de uno seres acogedores, perfectos anfitriones. Muy pronto, será Patrimonio de la Humanidad.

Alberto Barciela es periodista

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