La feria postelectoral

MI padre me llevó por primera vez a la feria de ganado cuando yo rondaba los siete años. Le movía el interés por mostrarme cómo los dueños y tratantes valoraban sus animales, regateaban el precio final y aceptaban el pacto con un apretón de manos. De este modo, vendedor y comprador, empeñaban su palabra de honor como la posesión más sagrada del ser humano. Cerrado el trato, sólo los indeseables se atrevían a romperlo. Tanto me maravillaron aquellas escenas que aún están vivas en mi mente y las llevo conmigo como ejemplo de corrección y coherencia de la gente de bien. Y, naturalmente, estos días postelectorales, donde se ha abierto y cerrado el mercado de las alcaldías, las presidencias de comunidades y puestos variopintos, no paramos de ver apretones de manos y no puedo evitar desconfiar de casi todos ellos. El valor de la palabra hace tiempo que está devaluado. Las promesas y acuerdos a veces no duran ni horas.

La palabra en política es pura filfa. Lo importante es el modo de quedarse con el caballo aunque la honra ruede por los suelos. ¿Recuerdan aquellos tiempos de predominio del PSOE cuando desde la derecha se demonizaban las mayorías absolutas? La diversidad y los pactos serían más equitativos, se decía. ¿Recuerdan cuándo el PP solo conseguía mayorías simples y pedía dar el poder a la lista más votada? Por entonces los gobiernos multicolores se consideraban componendas de perdedores. ¿Recuerdan cuando el bipartidismo era el campo abonado para la corrupción? La indignación abrió las puertas a nuevas formaciones con distintas etiquetas pero idénticas metodologías a las que el sistema había consagrado. ¿Qué fue de aquellas palabras tan cacareadas en las casetas de las nuevas ferias? Se las llevó el viento o las silenciaron las nóminas oficiales.

En las últimas elecciones europeas, generales, autonómicas y municipales, hemos vivido, una vez más, la condena de las minorías representadas por los nacionalismos, regionalismos e independentismos mientras se le ha dado carta de naturaleza poderosa a la minoritaria extrema derechas. Han sido los últimos feriantes a quienes se condena con palabras altisonantes, enseguida rotas o disimuladas durante las negociaciones. Y en ello estamos.

¿Podemos considerar pragmatismo político las simples tácticas electorales de este largo camino de conveniencias? Sí, por qué no. Si el sistema y el electorado lo aceptan y permiten, no tiene ningún sentido exigir coherencia a los actores del mismo. Y ahí comprobamos como buenas gestiones públicas caen víctimas de las presiones mediáticas, de odios encarnizados y componendas. Pregúntenle a Manuela Carmena en Madrid. Vemos cómo han vuelto los tránsfugas vendidos al mejor postor. Obsérvenlo en las maniobras de Cs en Castilla-León. Cuenten cuantas alcaldías de han repartido en periodos de dos años, como quien comparte un bocadillo. En Castilla-La Mancha brillan ejemplos…

La devaluación de nuestra representación política está en la cumbre. Hoy, que ya tenemos instalados en sus puestos los nuevos gobiernos, es el momento de abordar la reforma del sistema electoral en todos sus niveles. Este mecanismo necesita de nuevas reglas que respondan a la realidad de la oferta y a las necesidades de gobernanza. No debemos conformarnos con conseguir el mejor caballo de la feria.

Xosé Antoni Perozo es periodista

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