Adios a Noa Pothoven

Noa Pothoven era una chica de 17 años víctima de abusos sexuales y de violación que sufría una profunda depresión y anorexia, a consecuencia de lo que llegó a solicitar con 12 años la eutanasia, aunque los jueces la rechazaron(en los Países Bajos se puede pedir a esa edad). Finalmente hace unos días, aunque se especuló con la eutanasia, se suicidó en su casa, dejando de comer y beber, acompañada de su familia y de varios médicos. Lo más llamativo, o dramático, es que la respuesta de un país civilizado ante el tremendo dolor de esta niña fue facilitar su muerte, o en su caso, mirar hacia otro lado. ¿No había otros recursos para ayudarla? 

La opinión pública en ocasiones navega entre malentendidos y aproximaciones, y con frecuencia el rigor de la reflexión se difumina ante las pasiones y los miedos que rodean a un tema como la muerte. El tratamiento sobre este asunto está más orientado a rehuir la cuestión que a enfrentarla de forma seria y decidida.

A lo mejor es momento de asumir que el sufrimiento es una parte inherente al ser humano y no podemos cerrar los ojos y hacer que desaparezca. El gran drama es que la sociedad occidental propensa al nihilismo, tiembla al hablar de “dolor” o “sufrimiento”, y al no tener respuestas, trata de eliminarlos. Si bien es cierto que no venimos a este mundo a sufrir, que la vida tiene momentos duros nadie lo puede negar, aunque los cuidados paliativos han hecho mucho por mejorar la situación, buscando acabar con el dolor y no con los enfermos.  

El deseo de “morir bien” es una legítima aspiración de todos, y detrás de “yo no quiero seguir viviendo así”, puede haber un trasfondo que significa “quiero vivir o morir de otra forma”. Además, es preciso comprender el sentido profundo de la petición, que a menudo es una demanda de atención que desaparece al solucionar el “así”, o al acabar con el dolor de la enfermedad, o con la angustia, o la soledad del enfermo.

A pesar de que la gravedad y dificultad del debate sobre la eutanasia es evidente, algunos políticos han querido convertir este tema en objeto de promesa electoral, afirmando que en la sociedad existe ya el consenso necesario para regularla. Este presunto consenso pasa por considerar a la ley como la única fuente de verdad y de bien, y deja la vida humana a merced del número de votos emitidos en un Parlamento, olvidando, que los derechos humanos no los otorgan los parlamentos, las sociedades, o los partidos políticos. 

El derecho a morir no existe en la Constitución como tal, y de hacerlo podría convivir con otros que, por ejemplo, permitiesen la venta de órganos o aceptasen voluntariamente la esclavitud. Hemos de entender que la autonomía personal no es algo absoluto, y que la tutela de la vida humana es un deber político que no puede relegarse a la moral particular o privada de cada uno, porque estamos ante un bien universal que ha de ser defendido.

Al conocer la muerte de la joven holandesa, el Papa Francisco afirmaba que “La eutanasia y el suicidio asistido son una derrota para todos. La respuesta a la que estamos llamados es no abandonar nunca a los que sufren, no rendirse nunca, sino cuidar y amar para dar esperanza”. 

No me puedo creer que como sociedad no podamos poner los medios necesarios para ayudar a las personas que sufren, y ciertamente rechazo que sea más fácil eliminar a una persona que acompañarla en su sufrimiento.

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